En cinco golpes se deshizo el Levante. El equipo de Orriols, en medio de una deriva que empieza a ser peligrosa, fracasa en aspectos del juego que antes eran su santo y seña. Ayer quebró atrás ante los desmarques de los delanteros rayistas, exhibiendo una fragilidad y desconcierto defensivo impropio del conjunto hasta no hace tanto. Arriba da muestras de recuperar el ánimo, aunque solo sea durante ciertos tramos del partido, pero la solidez, la intensidad y ese aura de grupo con espíritu inquebrantable andan perdidos entre las briznas de hierba del Ciutat.
Con el paréntesis del Bernabéu, los granotas venían mostrando graves síntomas de flaqueza en un momento de la temporada en que el viento parecía venir en contra. Ayer aparecieron en el Ciutat dos actores fundamentales para el equipo como Valdo y Barkero, pero tampoco ellos resolvieron el atasco en el que anda metido el ataque azulgrana. El juego muere la mayoría de las veces acunado en las botas de Farinós, quien no ha perdido el sentido del orden pero sí velocidad para ejecutar cada acción. El equipo, cuando quiere crear peligro ahorra cada vez más el paso intermedio del centro del campo y e incide sobre las carreras de Koné. Ni siquiera las bandas acompañan al costamarfileño y todo queda a expensas de un chispazo de inspiración que alumbre el camino al gol.
Sin embargo, el mayor problema del Levante está ahora en su retaguardia. El primer gol del Rayo fue una radiografía de los problemas que atraviesa el equipo en campo propio. Era el minuto treinta y cuatro. Movilla, el motor de los madrileños, campaba a sus anchas por el centro del campo. Sin oposición alguna, levantó la cabeza, vio a Lass y levantó el balón por encima de las cabezas de todos los azulgranas. Al delantero rayista le bastaron tres pasos para quedarse solo ante Munúa y esperar el balón llovido. A sus espaldas los defensores granotas habían trazado una línea sinuosa para habilitar su posición. |