EL LLEVANT GANA EN EL VILLAMARÍN (0-1) Y SACUDE LA LIGA
UN MOMENTO DEL PARTIDO. FOTO: REAL BETIS BALOMPIÉ
De leyenda
Tomen nota amigos: imbatido en 6 partidos —el único junto a Sevilla y Barça—, la mejor defensa de Primera —junto al Sevilla—, el mejor debut de un entrenador novel en la élite, el único equipo —junto a Madrid y Rayo— que ha jugado 2 partidos en casa y 4 fuera, el menor presupuesto de la Liga, el único hasta la fecha —a la hora de cerrar esta crónica— que ha ganado al Madrid, la defensa con más edad —los 'Space Cowboys'—… y colíder de Primera por vez primera en 102 años de historia.
FELIP BENS. 03 octubre 2011
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Solo son seis partidos, pero inolvidables. Las redes sociales echaban humo ayer, rebotando clasificaciones de prensa y teletextos, antes de la victoria culé en Gijón, con el Llevant UD en lo más alto de la tabla. La prensa refleja hoy la machada granota. El entusiasmo se apodera del levantinismo, de la ciudad, de todo el fútbol humilde europeo, en realidad. La sonrisa bobalicona se instala en los rostros de la afición blaugrana, especialmente de aquellos que vivieron los duros años del plomo y el cemento en Orriols, los 80, los embargos, los partidos contra el Rayo Ibense… Esos mismos que hace nada sufrían avergonzados la ley concursal, los chanchullos, el nombre mancillado del club de sus amores. Ahora la mejor afición del mundo —por estoicismo, Enric Gonzálezdixit— sonríe con el hito más grande su largo siglo de existencia. ¿Cómo es posible tanta dicha?
Nadie se lo explica. El que firma podría aventurarse a intentarlo, pero pecaría de listillo si se atreviera a algo más que a apuntar algunas claves: un vestuario unido y solidario, un entrenador humilde e inteligente, una afición entregada, curtida en el polvo y la tormenta del desierto, con el estomago acostumbrado al hambre y el intestino rígido, un Consejo prudente y sensato… Y una historia que empuja desde arriba, repleta de fidelidades inquebrantes, hacia el lugar en el mundo que merece este Llevant: la revolución, la revuelta, la insurgencia, la rebeldía contra el omnímodo poder del dinero, contra el poder del poder en sí mismo, contra la aritmética —aburridamente lógica— del capital. En el fútbol. Y nos gustaría pensar que también como paradigma en tantos otros ámbitos que precisan cambios drásticos. Apunten otras causas probables: Gran Torino y Clint Eastwood, la reivindicación de los valores de la experiencia, la madurez y la veteranía, su vigencia, reivindicada con orgullo. Y otras cosas menos prosaicas, más pegadas al suelo, al césped, a la tierra del extinto Camp de la Malvarrosa: el amor a los colores, el coraje, la proximidad a los suyos, a la hinchada que ayer recibía a sus héroes de carne y hueso en el estadio, a su regreso de Sevilla…
Si quieren más, busquen un doctorando que construya tesis e hipótesis. Mientras tanto disfuten del teletexto, una entrañable costumbre, heredada de aquel Llevant que no salía en las noticias. Qué tiempos aquellos, que nos permiten disfrutar en su justa medida de los de ahora
Con las estadísticas en la mano se trata de un hito. Pero en realidad ya sucedió en el 35. Lo hizo aquel mítico equipo de amigos de pueblo, del Cabanyal. Los hermanos Puig, Calero, Calpe, Agustí Dolz… Ganaron el Superregional (Valencia, Andalucía y Murcia) y llegaron a las semifinales de Copa —la competición más importante en aquellos años—, tras eliminar a Barça y Valencia… Aquellos hombres, pertrechados en su honrilla de proletarios del fútbol, jalonados por una afición entusiasta, que se no llegaba mucho más allá de las desaparecidas vías de Serrería, conquistaron la Copa del 37, ninguneada por el régimen de Franco y por el de ahora. Jugaban básicamente como el ejército de Ballesteros. Con las filas prietas y las pulsaciones gorgoteando en el escudo. Con el atávico entusiasmo levantino. Felices con sus pequeñas grandes gestas. Felices de hacer felices a los suyos, de llevar un quinzet de sonrisa a los hogares marítimos, castigados por una crisis perenne. Peor aun que ésta, esperemos que caduca.
Acúsenme de juntaversos lacrimógeno. Pero atrévanse, si lo hacen, a dar alguna explicación plausible al fenómeno granota. Realmente es una cuestión de espíritu. Y no me atrevo a aventurar más.
Si les hablo del partido caigo en el riesgo de repetirme, crónica tras crónica. Porque las virtudes son las de siempre y los defectos… los defectos ni están ni se les espera. Si hablamos de fútbol, strictu sensu, todo está inventado, como comentaba el sábado Caparrós. Todos los entrenadores buscan lo mismo: consolidar un sistema de contención y a partir de ahí dejar que los que saben hacerlo disfruten con el balón. Lo hizo Luis García durante tres años y el sr. Martínez sigue por el mismo camino, mejorando la fórmula.
En la primera parte el Llevant parecía un Barça sin Messi, pero con todo lo demás. Control, toque, contundencia, pase largo, profundidad, triangulación… Memorable. Como Koné no es Messi el resultado al descanso sólo era 0-1, cuando puso ser fácilmente 0-3 o 0-4. En la segunda mitad el Llevant dio otra lección distinta: de contención, de maestría defensiva, de solidaridad entre líneas, de coberturas, de arromangarse y echarle huevos. Ballesteros y Nano demostraron que son la mejor pareja de centrales de la Liga hasta la fecha y si Del Bosque no les llama es porque hay leyes no escritas que lo impiden. La edad, por ejemplo. Ser de un equipo como el Llevant, también. Pasan la treintena pero viven los momentos más dulces de sus carreras: anticipación, colocación, intensidad, velocidad… Sencillamente magistrales. Como todo el equipo. Cuesta no destacar a alguien. Juanlu, otro chaval de trentaytantos, sublime; Valdo, con el sacrificio defensivo que le faltaba el año pasado; Barkero, una pesadilla entre líneas; Rubén, profesional donde los haya, arrimando el hombro ¡en el lateral izquierdo!; Del Horno, Iborra… Hasta Koné pese a su falta de acierto estuvo espléndido, atando a la defensa rival, cayendo a las bandas, jugando de espaldas…
Una sinfonía de lo que es el fútbol, más allá del pan et circus con que suele sonrojarnos el stablishment mediático. El Llevant amenaza con reiventar, en pleno siglo XXI, los valores que hicieron de este deporte el más popular del mundo. El Llevant es, a poco que nos despistemos, la senda de un fútbol futuro, con raíces y valores. Y hasta aquí les cuento. Si quieren más, busquen un doctorando que construya tesis e hipótesis. Mientras tanto disfuten del teletexto, una entrañable costumbre, heredada de aquel Llevant que no salía en las noticias. Qué tiempos aquellos, que nos permiten disfrutar en su justa medida de los de ahora. Con los pies en el suelo. Sin estridencias. Sensatamente. Enorme este Llevant. Enorme.
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