PIATTI, ADURIZ Y BERNAT CELEBRAN EL SEGUNDO GOL VALENCIANISTA. FOTO: GERMÁN CABALLERO
Piatti se exhibe en el Ciutat
El argentino eligió el escenario de Orriols para ofrecer su mejor versión en un derbi sin sorpresa, en que el Levante no presentó batalla. En el equipo de JIM debutaron Botelho y Óscar Serrano, que fue expulsado. El Valencia aguarda ya al Barcelona, cuatro años después de su última semifinal copera.
ALEX ZAHINOS. 27 gener 2012
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Valencia, ciudad acomplejada por mil y un escándalos, quería darse un alegrón estas dos semanas, aunque solo fuera con la pelota de por medio. La ciudad quería sacar pecho en algo tan infantil como una eliminatoria de fútbol. Ojo, qué eliminatoria: tercero y cuarto de liga pugnando por un premio sin trofeo pero con profundo poso en el imaginario de las aficiones. Y resultó que, en esos ciento ochenta minutos de exigida alienación para futboleros, Valencia también fue una ciudad emocionalmente plana, en la que unos cogieron la vía del martillo para ganar y otros, directamente, observaron ipertérritos cómo les martilleaban. Ayer, como en la ida, al Valencia le bastaron un par de punzadas de dos diablillos para acabar con una oposición más bien tibia de su oponente.
Expectantes unos, inocentes los otros, todo parecía dispuesto para un constante intercambio de golpes al aire. El Levante intentaba estirar su presión para ahogar cualquier iniciativa de la pareja de centrocampistas blanquinegros, y a menudo lo consiguió. El problema, sin embargo, llegaba precisamente cuando la parte sucia del trabajo estaba hecha y tocaba hilar algo con sentido en campo rival. Todo quedaba entonces en un derroche de energía gastada en pos de ningún fin. Y eso que defendiendo el marco valencianista se encontraba Ricardo Costa, enésimo exonerado por Unai Emery, que pasó una noche plácida en su vuelta a los terrenos de juego.
Desde el Levante se había intentado durante los días previos lanzar un rayo de optimismo en una afición aturdida tras el varapalo de la ida. Cuando un equipo de Segunda B se planta en semifinales haciendo saltar los esquemas racionales del planeta fútbol, está prohibido pensar en imposibles. Pero ayer el Levante no creyó en nada, y en frente tuvo a un Valencia que, si bien tampoco fue al Ciutat a darse un homenaje de fútbol, dispuso de las armas necesarias para castigar cualquier pájara local.
Cuando el Valencia vio que al Levante le titubeba el ánimo sacó el veneno, escondido en un tarrito pequeño, en las espinilleras de Pablo Piatti
Tanto Emery como JIM plagaron sus alineaciones de jugadores no habituales, y ahí el Valencia sube dos peldaños por encima de los granotas. Tampoco sirvió que Juan Ignacio tirase del hambre de los debutantes. Solo Botelho, voluntarioso y danzarín hasta que le faltó aire, puso picante por el lado izquierdo. Poco o nada si se compara con lo que ofrecieron quienes a menudo ocupan el banquillo valencianista. De entre ellos, Piatti quiso ser más que ninguno y vaya si lo consiguió. En dos sacudidas tumbó a la defensa del Levante, evidenciando sobre todo a un Cabral al que le chasqueó la cadera un par de ocasiones cuando el pequeñín pasó volando por su lado.
Antes de eso tampoco se exhibió el Valencia en campo rival, simplemente esperó paciente a que los locales torcieran el gesto. Poco parecía importar que Parejo deambulase por el campo o que Tino Costa no pudiera articular el ataque de los suyos. En ese lado del campo siempre dio la sensación de que bastaba con que Albelda tuviera las cosas claras para frenar el posible entusiasmo levantinista y que los locales se fuesen deshaciendo con el paso de los minutos. Falta de un fogonazo que le encendiese el espíritu, la afición del Ciutat también se fue adormilando, reducida a una irregular mancha silenciosa extendida por la grada del estadio.
Cuando vio que al Levante le titubeba el ánimo, el Valencia sacó el veneno, escondido en un tarrto pequeño, en las espinilleras de Pablo Piatti. Primero fue un balón largo a la espalda de Cabral que parecía se perdería por línea de fondo, hasta que el pequeño Pablo apareció como un rayo para detenerlo y, ante el sonrojo del defensor, cedérselo a Aduriz para que este la empujara a la red. Solo cinco minutos después, recibió actuó Piatti con la complicidad de otro bajito, el canterano Bernat. El mismo que deslumbró en pretemporada y desapareció en el filial tras un trastabillado arranque liguero. Ayer quiso demostrar que él no es un chico de verano y en un balón a la altura de tres cuartos, se revolvió entre defensores, alzó la vista y vio la carrera de su único compañero en el ataque. Era Piatti, y allí fue el pase para que este sentara con un tiro raso a Munúa y dejara los siguientes sesenta minutos para la nada.
Nada excepto la mala cara del Levante, que escogió para su despedida copera el peor traje. Anulado en el juego, pateó al contrario con dureza hasta la expulsión de Óscar Serrano. En esos cuarenta y cinco minutos de ceniza, Piatti volvió a pintar el partido con su segundo gol, tras un rechace, para poner fin al largo derbi que quizás murió antes de nacer, por la no comparecencia de uno de los candidatos.
Al Levante le queda reparar heridas y oxigenarse para la liga, en un momento en que la competición empieza a picar hacia arriba y el hombre del mazo espera tras cualquier curva. El Valencia, cuatro años después, otea la Copa en el horizonte. Se interpone otro escollo de idéntico color al superado, pero para superar este tendrá que aprender a escribir su propia gesta.
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