RUBÉN LAMENTA UNA OCASIÓN PERDIDA. FOTO: GERMÁN CABALLERO
Un mal día para levantarse
El Levante recupera un buen nivel en ataque pero tiembla atrás. Güiza marcó tras un rebote en el primer tiempo y Diego Castro sentenció a los granotas tras un rechace pasado el minuto ochenta. Rubén redujo distancias de penalty y Nano vio su último partido como levantinista desde el banquillo, en un mal día para sus compañero en la defensa.
ALEX ZAHÍNOS. 30 gener 2012
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Sigue a la deriva el Levante, preso de sus propios miedos, incapaz de resvolver las dudas que han atravesado el -hasta no hace mucho- implacable espíritu del equipo. Ayer se mostró voluntarioso, tenaz en el ataque y, durante la segunda parte, recuperó incluso buena parte del juego que le hizo acabar cuarto clasificado al finalizar la primera vuelta. Pero quebró en un lugar antes insospechado: la defensa. La candidez que mostró ayer en su propio campo resulta especialmente llamativa en un equipo que se ha caracterizado por dejar pocas concesiones al rival e incluso al azar, cuando este opera en contra suya. Se puede lamentar la mala suerte en los retorcidos goles del Getafe, pero en ambos se evidenciaron también los problemas de la zaga para frenar las tímidas intenciones del rival. Justo en el día, además, en que quien ha sido uno de sus guardianes más eficientes, Nano, observaba desde el banquillo su último partido en el Ciutat. JIM alterna entre Cabral y Del Horno para darle solución a su ausencia, y de momento ninguno parece ofrecer las garantías del central de Ciudad Real.
Aplaudía el Ciutat el regreso de Luis García, el hombre del ascenso, el de la milagrosa permanencia también. El técnico pródigo, con una trayectoria sinuosa al frente del equipo azulón, llegó al Ciutat a escapar vivo del choque contra el cuarto clasificado y se fue coleando; azorado, quizás, como quien recibe un regalo mayor del que creía merecer. Y todo porque el Levante se deshizo atrás cuando parecía que delante retomaba el rumbo. En la primera parte, si bien el centro del campo sufría para mantener el ritmo del ataque azulgrana, el balón llegaba sin dificultad a la zona donde se cuecen los goles. Allí Koné vio lo que no vio El Zhar: Masilela era incapaz de sujetar a quienquiera que pasara por su lado. Se volcó el Levante por esa banda, con Botelho abandonando su lado izquierdo para darle opción de remate a los centros que llegaban desde el derecho. Todo, sin embargo quedaba en un pulular constante por el área, inquietando a la defensa pero sin obligar a Moyá a ninguna acrobacia.
En la reanudación el Levante recuperó su mejor versión. A falta de chispa, dobló su arrojo para encarcelar al Getafe en su área
En el minuto treinta, como un bloque de mantequilla, se abrió el equipo de JIM, atravesado por un cuchillo de plástico. Envió Casquero, desaparecido hasta el momento, un balón desde el centro del campo a la carrera de Güiza. El delantero recibió en el centro exacto de la línea entre Juanfran y Del Horno y remató raso a la media salida de Munúa. El balón golpeó en la rodilla del guardameta y tras la carambola con el propio Güiza acabó en la red.
El Getafe, satisfecho con el regalo, se preparó para aguantar la tibieza del ataque levantinista que, sin embargo, aún dejó un par de latigazos con el sello de Koné antes de irse al vestuario. Fue en la reanudación del partido cuando el Levante recuperó su mejor versión. A falta de chispa, dobló su arrojo para encarcelar al Getafe en su área. Se ahorró burocracia en el centro del campo y redujo el campo a teinta metros. Por la derecha, El Zhar pareció oler al fin la debilidad de su oponente y Rubén afinó la puntería en los pases finales. Fue un corner la ocasión más clara del Levante, con Ballesteros rematando solo y Koné recogiendo el balón para mandarlo con una chilena al larguero.
Con las bandas entonadas y el Getafe en plena siesta, los segundos cuarenta y cinco minutos recordaron a tardes no tan lejanas en el fortín de Orriols, donde el Levante parecía empujado por una fe ciega hacia la portería contraria, cuando suplía sus carencias con un instinto afilado para explotar sus virtudes. Pero ese embate también se diluyó ante la falta de premio. Los minutos de furia fueron notables, pero escasos.
Cuando se superaba el minuto ochenta y los levantinistas buscaban recuperar el hálito para lanzarse por última vez contra la portería de Moyá, el Getafe volvió a hurgar en la herida anterior. Diego Castro mandó un pase raso y preciso a Güiza, quien encaró a Del Horno como si en realidad no quisiera regatearlo. Dado que finalmente erró en su propósito, Munúa salió para rechazar el balón, que de nuevo acabó en los pies de un jugador del Getafe. Diego Castro machacaba finalmente la manirrota alma de los levantinistas, quienes, esta vez sí, fueron fieles a su esencia y se lanzaron de manera ciega a por un imposible. A medias se quedaron, con el gol de penalty de Rubén, y con la moral hinchada por tan cruel castigo.
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