Con esta actitud el entrenador está desperdiciando el potencial de una plantilla que demuestra domingo a domingo que puede aspirar abiertamente al ascenso a Primera. Todo esto y más se viene comentando en la grada y en los mentideros levantinistas desde que, contra todo pronóstico, se instaló la ilusión de la machada del ascenso.
Ya saben cómo es el fútbol, el imperio de las exigencias inmediatas, del corto plazo y de los arrebatos pasionales, el reino del hoy blanco y mañana negro. Ya saben que en cada aficionado -y también en cada cronista- habita el genio perfeccionado de un Pep Guardiola, de una Rafa Benítez, de un Manolo Preciado, de un Johan Cruyff. Y que nadie se atreva a tosernos.
La realidad, en el fútbol y en la vida, siempre suele alejarse de los extremos. Es fácil encontrarla más a ras de hierba, más cerca de la lógica de unas camisetas sudadas que del deseo de una barra de bar. El fútbol, sin embargo, genera grandes falacias que, repetidas, una y otra vez suenan de una lógica aplastante, aunque no lo sean. Grandes axiomas que no consienten dudas: Los equipos grandes sólo dejan de ganar cuando jueguan mal, por ejemplo. Aunque de una lógica aplastante no es esto, sino que sencillamente pierden cuando el rival -que también juega con once- lo hace mejor. El Llevant lleva diez partidos en 2010 sin perder y ha recortado distancias de forma espectacular con todos los que le preceden en la tabla de clasificación. Pero no por ello puede ni debe exigirsele que gane todos los partidos que juegue, porque puede darse el caso de que el rival sea mejor. Sencillamente mejor. Esto es fútbol.
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