Corazón rebelde ha recorrido un largo camino hasta llegar a la noche de los Oscars. Basado en una novela de 1987 de Thomas Cobb, el film contaba con un presupuesto reducido para los estándares de Hollywood -7 millones de dólares-, y se rodó en tan sólo 24 días, ya que en principio su destino era ser estrenado directamente en el mercado del DVD. Pero tras cambiar de distribuidora -de Paramount a Fox-, ésta decidió darle una nueva oportunidad en la cartelera; maniobra que se ha demostrado totalmente acertada, y que otra vez pone de manifiesto la miopía de la Meca del Cine para separar el grano de la paja.
Capítulo aparte merece la portentosa interpretación de Jeff Bridges, el otro pilar sobre el que se sustenta la película
Y eso que la historia de Bad Blake, un cantante country en decadencia que se aferra a una última oportunidad para recuperar su dignidad, suena como la enésima trama de perdedores en la América profunda, un microcosmos tantas veces revisitado por maestros crepusculares como John Huston -Vidas rebeldes; Fat City- o Sam Peckinpah -Junior Bonner-, sin olvidar la reciente The Wrestler de Aronofsky, prima hermana de esta cinta de Scott Cooper. Pero esa originalidad de la que pueda carecer Crazy Heart queda de sobra contrarrestada con la autenticidad que desprenden sus personajes. Gente corriente con problemas reales como el alcoholismo, la mala suerte en el amor o la frustración por llevar un tipo de vida que no es el deseado, pero que se ven incapaces de abandonar al ser el único que conocen.
Un papel de Oscar Capítulo aparte merece la portentosa interpretación de Jeff Bridges, el otro pilar sobre el que se sustenta la película. En efecto, el film se articula y eleva por encima de sus posibilidades gracias a él, en una oportunidad de lucimiento única que le ha conducido –si los pronósticos no han fallado- a lograr un justo Oscar. Un papel que incluso le exigía cantar y tocar la guitarra con la prestancia de un músico veterano, y que el bueno de Jeff resuelve con solvencia (no en vano publicó un LP en el 2000). Pero es al mostrar la soledad y el tormentoso mundo interior de Bad Blake donde el actor consigue sus galones, transmitiendo con eficacia la lucha de su personaje contra sus demonios personales: la adicción a la botella y ese sentimiento de culpa por no haberse ocupado de un hijo que ni siquiera conoce. Unos remordimientos probablemente similares a los de muchos miembros de la Academia, volcados ahora con Bridges porque se lo merecía, pero también para reparar de alguna forma la injusticia cometida con Mickey Rourke el año pasado en un rol muy semejante.
En resumen, un título recomendable y satisfactorio a pesar de su sencillez, del que conviene destacar así mismo su banda sonora, con canciones como Hold On You, Fallin’ & Flyin’ o la propia The Weary Kind, que hacen crecer en el espectador un repentino interés por la música country, definida brillantemente por el desaparecido Harlan Howard como “tres acordes y la verdad”.
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