Entonces la peseta aun estaba en curso y no todo el mundo tenía un teléfono móvil. Al menos yo, que llevaba siempre conmigo mi pequeña agenda de papel. Ese año todavía hacía como si estudiaba y los fines de semana trabajaba de camarero en una disco donde cierta noche habría una fiesta del instituto de mi hermano pequeño. Aunque él rondaba los diecisiete, yo aún no lo había visto en esas guisas. “Cárgamelo más” pedían algunos. Esos tragos eran verdaderos saltos de pértiga, un antes y un después, con el que superar la timidez y pasar directamente a la acción. Me vi tan reflejado en mis años anteriores que por pura simpatía comencé a brindar a diestro y siniestro por cuenta de la casa con el efebo Escrivá y su trole. En apenas una hora el asunto se me fue de las manos y ya no sabía en qué lado de la barra me encontraba. Estaba en mi salsa. Yo debía tener veinte y, como cualquier joven, rezumaba sexo por cada poro. En una de esas mi hermano me plantó delante a la repetidora de curso más sexy que había visto en todo aquel sarao; debía tener dieciocho o diecinueve primaveras. Los cuchicheos en una disco son una constante debido al volumen de la música, así que mi hermano aprovechó la presentación, además de para decirme que se llamaba Marta, para asegurarme que era ¡ninfómana!
Los cuchicheos en una disco son una constante debido al volumen de la música, así que aprovechó en la presentación, además de para decirme que se llamaba Marta, que era ¡ninfómana!
Conforme le propiné los dos besos protocolarios y nos sonreímos como dos contrincantes de boxeo desenfundé mi agenda pues tal contacto debía retomarlo en una ocasión de “menos obligaciones”. Tome nota, y muy bien, remarcando cada letra y número y la invité a pasar a mi barra. Me disponía a servirle una copa con extra de decibelios y alguien nos ofrecía una invitación irrechazable. A los cinco minutos Marta y yo estábamos de patitas en la rúe. Ahí estábamos, la chica más sexy del insti y un camarero en paro con el finiquito en su bolsillo. Le pregunté si quería ir a la playa y no tuvo el mínimo reparo en aceptar. Mi cabeza iba a dos mil por hora y nos esperaba ya buscando sitio en la arena a Marta “la insaciable” y a mí.
Cuando llegamos a la playa había más coches. Yo decidí adentrarme bien en la arena para evitar voyeurismos. Paré el coche, mantuvimos una de esas conversaciones de ascensor tipo el tiempo o como ha subido todo y al grano. No llevábamos ni dos minutos besándonos cuando alguien golpeó mi ventana. Me giré molesto y vi a un tipo diciéndome cosas al otro lado del cristal y señalándome su grúa. Insinuaba que me había metido demasiado en la arena. Intenté demostrarle que no pero el coche se hundía más a cada intento. Le dije que volviera más tarde, que ella y yo teníamos algo entre manos, pero o nos ayudaba ya o se iba. Acordamos un precio que mi finiquito no alcanzaba, así que tuvimos que ir hasta Patraix a por todos mis ahorros. La imagen de los tres montados en la grúa sin hablar y con ya un sol insultante es casi la más lamentable que recuerdo. Vuelta a la escena del crimen, coche fuera, yo arruinado y ella y yo de nuevo donde lo dejamos dos o tres horas antes. No pasé tampoco de los dos minutos de beso cuando me sorprendió diciéndome que estaba en uno de esos días del mes y que debíamos parar. La tuve que llevar a no sé que jodido pueblo. Llegué a mi casa y me hice el harakiri.
Una tarde de domingo, dos o tres meses después, andaba con un amigo, ambos deseosos de pasar la tarde en compañía. De repente dos amazonas en un ciclomotor se detienen a nuestro paso y una de ellas dice mi nombre. Yo no daba crédito y mi amigo me golpeaba con el codo como un chiquillo. La conductora se quita el casco y mucho más guapa y sexy que la última vez me pregunta que por qué no la he llamado. “Marta” le digo yo sorprendido, “pues…”, me quedo sin palabras y me dice que después de aquello probablemente borré su número. En un acto como de chulo del oeste desenfundo mi resobada agenda, pasó las páginas mientras la miro desafiante a los ojos y cuando adivino llegar a la maldita “M” le muestro a un palmo de su cara toda la página. La expresión de su mirada se tiñó de sangre, comenzó a insultarme mientras se enfundaba el casco, y se largaron. Mi amigo y yo nos miramos sin entender nada y mientras me rascaba la cabeza giré de nuevo mi agenda para ver que le había podido molestar tanto. Nos fuimos casi al suelo cuando leímos a la vez: "Marta ninfómana”.
Tretze imputats, cap d'ells càrrec públic, hauran de respondre davant la justícia per les primeres irregularitats detectades en relació amb l'organització de la visita del Papa a València en 2006. Un nou escàndol a sumar a la llarga llista que posa en seriosos dubtes els criteris de contractació del Consell de Francisco Camps en els anys en què es van buidar les arques públiques valencianes.
Quasi dos anys després que el cas saltara a la llum, el cèrcol judicial se segueix estrenyent al voltant de l'ex secretari general de RTVV, Vicente Sanz. Ara, la seua primera imputació per presumpte delicte d'abusos sexuals a tres treballadores de Canal 9, passa a ser per tres presumptes delictes d'abusos sexuals susceptibles de ser qualificats en la modalitat agreujada, tres d'assetjament sexual i altres tres d'amenaces, tots ells continuats.
El bloqueig per part del PSPV a la renovació dels membres del Consell d'Administració de RTVV duu a Enric Morera a parlar d'un pacte entre PP i PSOE que s'estendria fora de l'ens. Una denuncia que va despertar la reacció del diputat socialista Josep Moreno.