Francisco Camps, ese hombre que se viste por los pies, hizo ayer un truco de magia que dejó a Juan Tamariz a la altura del betún (demasiadas referencias a trajes y a zapatos de piel de anca de portillo…). Por arte de birlibirloque el presidente de todos los valencianos más uno fue capaz de no asistir a dos actos casi simultáneos en los que se hablaba de corrupción y de ética. ¡Qué arte! ¡Qué habilidad! ¡Que… morro!
La nieve actuó de polvos mágicos para Camps (malpensados, abstenerse). El presidente optó ayer por hacer ‘fuchina’ del pleno de Les Corts, el último del año, que vaya vacaciones se marcan, en el que se debatía sobre si hacer públicas las declaraciones de bienes de sus señorías y no sé cuántas cosas más. Vamos, que en ese pleno, a Camps le querían sacar los colores los de la oposición, aprovechando la ventisca, para hablar de corrupción, trajes, relojes y todas esas cosas que acaban en Gürtel.
Pero Camps optó por otra cita, la que tenía en Madrid con el comité ejecutivo del PP en el que se iba a hablar sobre el código ético del partido, o, básicamente, por qué sus dirigentes no deben aceptar regalos como pulseras de oro, coches, reformas de farmacias y todas esas cosas que acaban en Gürtel. Pero claro, la nevada hizo imposible el tráfico. Entrar a Madrid ayer era toda una odisea y Camps se quedó aislado en mitad de las dos reuniones. A la del PP llegó cuando iban a pagar los cafés y, hábil como es, Camps se escabulló. No querrán que pague algo que no se ha tomado. O mejor, no querrán que pague algo… ¡Que llamen al Bigotes!
En la mejor tradición del periodismo amarillo británico, deberíamos haber titulado esta crónica como ‘¡Los valencianos, aislados!’, pero como ya nos han acusado alguna vez de demagogos, lo dejaremos correr.
En todo caso, tan grande como Camps, fue el propio portavoz del PP, el ínclito Esteban González Pons, a quien, por mucho que pase el tiempo, seguiremos conociendo como el consejero sandía. Según un cable de la Agencia Efe, González Pons, (atención) “no pudo ni salir de Valencia”. ¡Dios mío! ¡España, aislada! |