Tengo un amigo al que hacía siglos que no veía. Uno de estos martes brumosos, lluviosos y muy británicos de la semana pasada, hablamos y nos abrazamos en un remoto bar valenciano pero con mucho pedigrí, el de la Societat Coral El Micalet. Disertaba mi colega, a pocos metros de la progresista junta directiva de la entidad y frente a dos cortados, y yo pensaba en Roberto Saviano. Y es que Joan lleva tiempo investigando redes de mafias, nariceando a los malos, para la prensa escrita y la televisión. Es un heredero cabal del gran Günter Walraff, el reportero alemán, aun vivo, que enseñó como escaquearse para conseguir un buen tema. Se disfrazaba de bandido para acabar con los bandidos; se vestía de minero para bajar a las minas y denunciar las condiciones de trabajo; y sin microcámaras, como ahora. Buscadle, malintencionados lectores, en la red y sabréis que hay algo más allá del periodismo muermo.
El caso es que Joan, colega, y amigo (cosa tan rara en este gremio como encontrarse a la alcaldesa Rita Barberá ataviada de miliciana cenetista), lleva escritos un par de libros de investigación un tanto fuertes. El primero versaba sobre el contubernio entre fascistas valencianos y mafias de prostitución. Eso le costó amenazas y protección policial. El segundo, La huella de la bota (recién editado por Temas de hoy), abunda en la nueva ultraderecha española con fotos, nombres y apellidos. Con semejante perfil curricular conviene mirar de reojo a ver quién entra pues siento como si en la mesa del Micalet se sentaran dos personajes de Horace McCoy (obra esencial: ¿Acaso no matan a los caballos?).
Con los primeros socialistas en el poder, los periodistas teníamos muy buenas relaciones con los grupos policiales y en ocasiones hasta colaborábamos juntos, como en las pelis americanas
Sí; este amigo tiene poco que ver con esos colegas que, como él y yo mismo, entraron al ruedo cuando se fueron los “periodistas” de la Falange que se habían “licenciado” en la llamada “Escuela de la Iglesia” (¡gasp!). Algunos entre los 40 y 50 tacos, rumian su impotencia apalancados en las poltronas de los gabinetes de prensa de la administración o esperando la jubilación anticipada en las frías redacciones como quien espera a Dios. Por el lado junior, tenemos a los veinteañeros recién licenciados que le han cogido más gusto al cortar y pegar que a refocilarse con la novia.
Así, es normal la desgana rampante de cierta prensa. Joan Cantarero, entrevistado en este vanguardista digital la semana pasada, no es uno de esos. El tío se la juega por conseguir noticias. Trabajamos juntos el siglo pasado. Lo que más recuerdo de aquellos happy 80’s fue lo que disfrutábamos. Con los primeros socialistas en el poder, los periodistas teníamos muy buenas relaciones con los grupos policiales y en ocasiones hasta colaborábamos juntos, como en las pelis americanas.
Una de nuestras operaciones estrella fue proporcionar datos a una super brigada judicial de la Audiencia, dirigida por otro excepcional juez, Tomás y Tío, para desmantelar a una pandilla que canallas que tenía secuestradas a chicas en prostíbulos. Ahora, eso es pan de cada día, pero por entonces era un scoop (exclusiva en el lenguaje del Imperio). ¡Ah que tiempos! La escena más busterkeatoniana fue aquella, por tierras de La Mancha, en que Joan y el que esto escribe, perseguimos a los malos, que transportaban a las chicas por carreteras de herradura. Nosotros, a bordo de un mini rojo que no pasaba de cien y ellos en un 1430 de dos carburadores. Perdimos la partida pero logramos que, durante unos días, las primeras de los tabloides y revistas fueran nuestras.
Mi colega ha vendido de Los amos de la prostitución unos 9.000 ejemplares; eso duele a algunos. También es un riesgo. El título de esta columna, ociosos lectores, se debe a que para redactar ese trabajo, el viejo Canta se metió de topo en la organización de derechistas para luego salir y contarlo. En fin, eso lo hacen pocos. Aquí, en la ciudad con el río seco y una derecha un pelín fascista disfrutando de contrato indefinido, periodistas como Joan Cantarero son como un pájaro Dodo. Tipos como él deberían dar clases en las aulas que enseñan el oficio más peligroso del mundo, después del de policía y bombero. Ahora, es capaz de disfrazarse de chino para investigar los secretos de la Ciudad Prohibida de Pekín. Ese es el joven periodista Joan Cantarero, ese es mi amigo. Eso que hace, malicio que es periodismo. Del de verdad.
Aurora - 05-03-10 - 10:06h. Sincerament, Abelardo té molta raó. Trobem a faltar un periodisme més valent en l'oferta editorial valenciana. I ho dic perquè aquí al País Valencià tenim desenes de casos a investigar i només es toquen de reüll, moltes vegades per a no violentar a l'excés a determinats capdavanters polítics corruptes. Per exemple, com lectora, trobo a faltar una investigació en profunditat entorn del cas de Polop. Un periodista hauria de contar-nos com és possible que des d'un bordell es planfique l'assassinat d'un alcalde. Trobo a faltar profunditat i compromís. Quan Abelardo Muñoz parla de Joan Cantarero, l'autor dels llibres "Els Amos de la Prostitució a Espanya" o ara "La huella de la bota" i el risc que aquest ha assumit, trobe per contra un menyspreu al seu treball que resulta inquietant. Sospito que és més fàcil qüestionar a l'autor que intentar un exercici sa de rivalitat periodíatica desemmascarant altres casos.
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