La cultura en este país está hecha para viejos. ¿Qué hay de las vanguardias berlinesas, parisinas o californianas que ahora mismo hacen cosas que no sabemos y que, por descontado, no salen en televisión a no ser en programas after hours como Metrópolis, uno de los grandes logros de la pública y que ellos siguen queriendo minoritario? Las contraculturas del nuevo siglo, que son herederas de la energía intelectual y estética del siglo XX, desde los tiempos de Jack Kerouack y la Velvet Underground, son tratadas por los medios como cosa de indies, de jóvenes recién llegados. Sólo nos dejan ver material de derribo yanqui, y malo. El público está harto del imperialismo audiovisual norteamericano. Pero ellos siguen manchándonos las veladas con la mugre de Chuck Norris y cosas parecidas. Series fascistas, así de claro. Pasadas de moda pues los chinos y vietnamitas siguen siendo los malos.
Sin embargo, ¿qué pasa con nosotros, los adultos hostiles a los planes de pensiones y el consumismo obsceno, que estamos ya en una nueva onda, intentando engarzarnos con este fascinante milenio, inminente escenario del nuevo y muy laico Apocalipsis cibernético y ambiental? Ellos nos siguen haciendo tragar camelos literarios y artísticos por doquier. Nos venden actos oficiales con académicos y muchos premios de todo tipo entregados por la realeza, institución que es alérgica al progreso y la transgresión cultural, por definición azul.
En la edición en castellano de la indispensable revista roja Le Monde Diplomatique de este mes hablan dos grandes hombres: Chomsky y Saramago. El gran escritor comunista que ya departe con San Marx y San Pedro, recuerda que la publicidad contemporánea es “criminal”, así de clarito. Es el escorpión en el nido.
La cultura disidente y viva sigue tapada por los sicofantes y pavos reales del relumbrón literario. Cultura de canapé, se decía antaño. Mucha crítica y opinión en agobiantes columnas pero pocas ideas nuevas. Los tropecientos columnistas que pueblan este país se dedican a copiarse y citarse los unos a los otros. Aquí en Valencia ese vicio ha llegado muy lejos. Cuando se inventó la negrita se fastidió el invento del buen columnismo y devino la escritura del cotilleo cultural. Cultureta rosa, podríamos escribir.
Con la memoria histórica aun no he visto por ningún lado a Corpus Barga o a Ridruejo, a César González Ruano, para que la peña joven se entere de la disidencia. Han desparecido del mercado Vicent Ventura y Joan Fuster, Ferrán Cremades y Jaume Fuster y en cambio reaparece en la prensa light de la terreta un responsable del actual desficaci cultural dándoselas de moderno. Me refiero a Amadeu Fabregat, periodista prejubilado que inventó la televisión petarda en el País Valenciano.
¿Dónde está la nueva sangre socialista? Felipe sale hasta en la sopa y el matrimonio de un españolista contumaz como Bono es noticia. ¡Rediós! Que dicen en Teruel; ¿hasta cuándo?
Los medios, las instituciones, las fundaciones bancarias nos venden retazos de la cultura del viejo siglo pero hablan poco de lo nuevo.
También es verdad que no es posible pedir más con unos medios audiovisuales donde pervive el virus franquista de ofrecer basura, cotilleo y sensacionalismo en horas de máxima audiencia femenina. Se llenan la boca las ministras del gobierno progre sobre la lucha contra la violencia machista y toleran bazofias de series sudamericanas que exaltan la violencia y degradan a la mujer. Una serie superguay como Padre de familia, que educaba a los niños a mediodía, fue desplazada porque iba mucho más lejos que los magníficos Simpsons. Por no hablar de South Park, serie sensacional y destructora de mitos, que echan aplastada en la madrugada.
Y las emisoras de radio FM, igual. Un recorrido por el dial te hace escuchar con horror la profusión de mala música que se hace ahora. Rock infame y plagiario, maquineta sin cesar, y hasta emidoras donde se pasan la noche ¡rezando el rosario! Amigos lectores, desocupadas lectoras, eso ni en los tiempos del fascista con bigotito. Cultura para viejos aburridos. |