Si hay algo que detesto es perder las ganas de escribir. Me pasa pocas veces, pero cuando me sucede me entra una extraña tristeza, como si hubiera extraviado mi personalidad. Transito ahora por uno de esos periodos, que suelen coincidir, en síntomas exteriores, con problemas de tipo familiar, laboral o sentimental y, en síntomas interiores, se manifiestan en forma de estrés, falta de sueño y melancolía.
No es mi intención hacer aquí un detallado cuadro clínico de mi dañado cerebro, sino contar que, desde hace un par de meses, no hallo la manera de ponerme delante de un ordenador y escribir algo medianamente interesante. Quizás nunca he escrito algo medianamente interesante, pero yo, excepto cuando pierdo la capacidad de intentarlo, vivo con la ilusión de que alguna vez lo he hecho. |