Los folletos de Sanidad sobre drogas irritan por inexactos. Confusos y repletos de lugares comunes
Entonces aparecieron unas furgonetas ambulantes que iban por la ciudad repartiendo jeringas y condones. Nada que ver con Sanidad, era iniciativa de heroicas ONGS de enfermeras y doctores voluntarios, como Médicos del Mundo. La administración sanitaria practicó durante tiempo la política del avestruz.
De los desdichados yonquis sólo se ocupaba la pasma. Se les trataba como la peste; cuando un madero se aprestaba a cachear a un sospechoso, preguntaba “¿No llevarás jeringas en los bolsillo? Si me pincho te deslomo”. Así eran las cosas en la prehistoria de los 90. Resultado espectacular: España aun lidera hoy la abultada pandemia sidosa.
Los anglosajones descubrieron la metadona, que es como apagar fuego con gasoil, pero al menos los drogotas dejaron de robar para comprarse la droga. Ahora toman su meta en el dispensario y salen raudos a comprar crack. El SIDA le vino como anillo al dedo al Vaticano y a los santurrones del hemisferio. Demonizar la homosexualidad y la liberación sexual rampante. Lo único bueno es que se empezó a considerar enfermos a los drogadictos. Las furgonetas se esfumaron y en una medida que el resto de Europa ya practicaba, se decidió atender a los drogotas en los hospitales.
La historia está a punto de acabar medio bien. Aunque si hay un cuento de nunca acabar, eso son las drogas. Por fin, el Consell valenciano creó en 1997 las UCAS (Unidades de Conductas Adictivas); un milagro del racionalismo sanitario que ofrece protección sicológica y tratamiento a los toxicómanos. Insuficientes a todas luces en la Comunitat. Ojo al dato, que es cutre: en València, con casi un millón de almas, sólo existe una unidad de alcoholismo, en la calle Alboraia.
La espera para ser atendido es de un mes mínimo, y cuentan con la asombrosa cifra de cuatro profesionales, médicos y sicólogos, para atender a la interminable lista de alcohólicos que quieren sanar.
A mayor abundamiento, los folletos de Sanidad sobre drogas irritan por inexactos. Confusos y repletos de lugares comunes. Un discurso como el del abuelo (“no te hagas pajas que te caerá el pelo…”) que aleja a los jóvenes de su lectura. En la marihuana se lee la siguiente falsedad “produce menos placer sexual, ojos inyectados en sangre y provoca ¡menos inhibiciones sociales!” ¡Cáspita!, jamás barrunté que la soltura social fuera algo malo. Con la cocaína se leen dos afirmaciones que, sin matizar, son tan falsas como un billete de dos euros: “Probar la coca una sola vez puede matar”. Además de no diferenciar de los niveles de consumo, se utiliza el lenguaje del miedo y la ilegalidad en lugar de ofrecer un texto cercano a los jóvenes. Al meter en el mismo saco alcaloides tan diferentes como el THC (marihuana) y el clorhidrato de cocaína, todo es malo, menos el alcohol, claro. Y si usted, ocioso lector, desea verificar el galimatías que tiene sanidad con el marrón de la droga, pique http://www.san.gva.es y lea el apartado de prevención de drogas. Un informe realizado por un mazo de profesionales con una terminología tan técnica y abstracta que te quedas igual. Algunas propuestas parecen sacadas del tarro del Gran Fele: proponen poner ¡pantallas en las discotecas y kioscos de salud en la calle!
Amigos, con esta contundente política, tenemos toxicomanías para rato. Y ahora que la DEA (como ha hecho siempre) utiliza el opio y la farlopa para desestabilizar países, (Afganistán, Colombia; buscad en la red información, que la hay) pues a vivir que son dos días. ¡Marchando un carajillo de Negrita!