Otras son decadentes y nos muestran un horizonte de grúas, ladrillo y asfalto. Hay algunas, sin embargo, que son discretas a más no poder, nos ocultan del exterior y nos protegen del qué dirán. Éstas son especialmente fieles y saben más de lo que pueden contar, porque todos tenemos algo que ocultar, algo que hacemos de puertas (o ventanas en este caso) para adentro y que sacado del contexto de nuestras humildes moradas, sería considerado, a la vista de los demás, como una absoluta excentricidad.
Aquí, exactamente en la calle del Cuervo número 37 (Ravnebakken 37), mirar por la ventana no es una cosa cualquiera; ni es aburrido, ni es insípido. Da muchísimo juego y es fuente de inspiración, hasta el punto que de repente entiendes el porqué de muchas cosas. Es algo que te ayuda a conocerte a ti mismo, porque el silencio y la reflexión no son iguales cuando uno los disfruta ante semejante belleza. Éste es tan sólo un lugar residencial de clase media noruega, pero en un entorno verdaderamente privilegiado. Me pregunto si los vecinos son conscientes del espectáculo que se abre ante sus ojos cada día de su existencia, si este escenario único les consuela de sus miserias y sus desengaños, si les sirve de coraza o de ayuda a la que aferrarse cuando nada funciona.
Me pregunto si la costumbre desgasta la belleza y la hace estéril, o si por el contrario, somos los seres humanos los que vamos dejando que la semilla de la indolencia anide en nuestro interior, y así, lentamente, vaya matando nuestra capacidad de emocionarnos.
Recuerdo que una vez, cenando en un restaurante marroquí en el granadino barrio del Albaicín, un amable camarero me contó una curiosa leyenda: hablaba de la belleza de Granada (una de las ciudades más bonitas del mundo) y de cómo Alá había puesto a los granadinos allí, con su famosa “mala follá”, para que Granada no fuera más bella que el paraíso.
Supongo que eso es a veces extrapolable al ser humano; que estamos en este planeta para contrarrestar tanta belleza y no hacer de la tierra el cielo. Supongo que todos hemos sido alguna vez “granadinos” y hemos arruinado algún momento especial. Yo hoy prefiero quedarme quieto, mirar por la ventana, y escuchar el silencio; hoy prefiero no ser un estorbo y dejar que la balanza se incline del lado de la belleza.