Desperté y mis ojos quedaron clavados en un punto del techo. Sobre el marco de la ventana, una figura extraña para mí permanecía inmóvil como si por ello no fuera a ser detectada. Pasé una mano por mi cara tratando de alejar el whisky de mis pupilas sin demasiado éxito. Finalmente, conseguí enfocar –no sin esfuerzo- la silueta alojada a unos dos metros y medio de distancia: “¡Joder, se ha colado un dragón!”, dije.
Me incorporé y casi tambaleándome, salí de la habitación cerrando la puerta. Bajé las escaleras todavía mareado por los efectos derivados de una noche más de fiesta turolense y decidí olvidarme del asunto.
Sin embargo, a un día del final de mis vacaciones, mi madre no opinaba lo mismo y, vía telefónica, fue clara al respecto: “Antes de cerrar la casa, saca a ese bicho de ahí”. Armado con las pinzas, un guante de la chimenea y una escoba volví a la habitación.
El dragón continuaba en el mismo lugar. Como si fuera de plástico. No sé si habéis tratado de coger alguno con unas pinzas de chimenea, pero olvidadlo: es inviable. Finalmente, temí hacerle daño y me pasé un buen rato acosándolo hasta que logré que saliera por la ventana. En cuanto cruzó el umbral de la misma, cerré de golpe con una exclamación de triunfo. Contemplé como el dragón me observaba durante unos segundos desde la cornisa para después tratar de escalar evitando el sol infernal del mediodía.
“¡Pobre dragón!”, murmuré viendo desde el otro lado de la ventana su lucha por encontrar algún cobijo más fresco. Me quedé más tranquilo cuando consiguió agazaparse en la sombra del saliente superior de la ventana.
Anoche llegué a mi piso de Valencia envuelto en sudor. Recogí las facturas del agua, luz, teléfono móvil, Internet y un aviso de mi casero para que pagara el alquiler. Tras un mes fuera, mi casa me resultaba extraña. El calor era insoportable. Seis estúpidos mandos a distancia presidían la mesa de mi comedor y sólo funcionaban las pilas de uno de ellos. Conecté el ordenador y mi correo rebosaba de spam y absurdos mensajes de redes sociales.
Recordé entonces al pequeño reptil que se había colado en mi habitación. “Pobre dragón”, pensé. “Pobre imbécil”, me dije con una mueca. |