Sentado en el suelo de madera de la habitación de mis hijas, observo atentamente cómo interaccionan y juegan. Montones de muñecos y peluches se amontonan en sus literas y se me hace imposible dar más de dos pasos sin pisar una pieza de Lego. Van sacando todas y cada una de ellas, e improvisando, sin plano alguno, van construyendo las más extrañas edificaciones. Construyen también casas con esas figuritas de madera de colores que todos teníamos cuando éramos críos, y lo hacen, no me cabe la menor duda, sin la menor especulación. Pronto empezarán con los castillos de naipes y luego quién sabe si esos castillos los construirán en el aire, pero de momento no imitan a sus mayores; o tal vez sí.
Siguen a la suya y si algo contaminan, visual o estéticamente, lo hacen de manera totalmente reversible y afectando únicamente a su pequeño cuarto. Todo habrá terminado cuando escuchen su nana preferida.
No es que hayan desarrollado el síndrome de Diógenes a una edad muy temprana, pero es que al igual que su padre, acumulan trastos y trastos que cuestan cada vez más de ocultar, o al menos ordenar. En este caso, afortunadamente, son tan sólo juguetes, heredados o traídos de oriente, o del polo norte, o probablemente de algún pueblo juguetero de Alicante; aunque mucho me temo que la mayoría vengan de China. |