La paulatina desaparición del Llevant UD de la esfera pública durante las últimas décadas tiene un reflejo muy evidente en las Fallas. Basta percibir la agotadora presencia de simbología merengue para comprobar que el Valencia CF ha sabido imbricarse en la fiesta hasta confundirse en el paisaje: actos oficiales, verbenas, monumentos… en cada rincón de la ciudad se intuye estos días la huella del equipo del régimen.
El Valencia CF es la valencianía y, por extensión, sus tradiciones. El Llevant UD, reducido a la anécdota desde hace años, trata de recobrar con el centenario su merecida cuota de protagonismo en las fiestas. Así algunas iniciativas. Como la del Premi Granota, que se otorgará al mejor de entre los monumentos que hayan dedicado al decano algún ninot o escena de su falla.
La relación entre las fallas y el fútbol viene de lejos. Ya en los primeros años veinte, cuando el fútbol comenzó a insinuarse como la locura colectiva que acabaría siendo, el juego y sus interioridades se convirtieron en fuente de inspiración para los artistas. En 1923, casi un tercio de los 41 monumentos plantados en la ciudad tuvieron en el foot-ball uno de sus ingredientes temáticos. El Llevant FC se acababa de trasladar al Camp del Camí Fondo; y Valencia CF y Gimnàstic FC recogían los bártulos para estrenar Mestalla y el monumental Stadium Valenciano del río Túria.
En aquel 1923 la ciudad ya había asistido a las primeras concentraciones en torno a un partido de fútbol. En Algirós y en la Soletat. Y aquel deporte que apuntaba a fenómeno de masas competía con los toros como entretenimiento popular de referencia. La ciudad crecía y sus clases medias experimentaban con las nuevas formas de ocio. Una docena de fallas hablaron aquel año del enfrentamiento entre la tradición recalcitrante y el moderno sport. Se decantaron por los toros. Pero la desconfianza de la fiesta hacia el nuevo deporte apenas duró un suspiro. |