Mientras escucho a Dylan, el sol entra por las ventanas de esta vieja buhardilla, calmando el olor a humedad y los estragos que las lluvias siempre causan en mi pequeño y querido refugio de adolescencia. Estoy preparado para darle la bienvenida a la primavera, que aunque esta vez se esté retrasando, vendrá, porque nunca, al menos no en mis 37 años de vida, ha faltado a la cita. Se oyen los tambores y las primeras tracas, ésas que tan poco gustan a unos y tanto a otros. Ahora mismo estoy en L’Eliana y ya se acerca el 19 de marzo.
Yo como siempre trataré de escapar de las fallas, de esa relación de amor y odio que siempre me ha unido a ellas. Obviamente, la luz, la pólvora y la música son algo que los valencianos casi llevamos en nuestro ADN, y no hay nada mejor para comprobar que así es que viajar un poco y salir de nuestras fronteras. Sin ir más lejos (aunque tampoco cerca), la pasada nochevieja, que pasé en Noruega, fue uno de esos momento en los que me salió la vena, no ya fallera, pues nunca he sido (ni creo que ya lo vaya a ser) fallero, pero sí ese punto de: “a mí me vais a decir lo que son fuegos artificiales”.
Estaba por el centro a esas horas y me acerqué a ver, a escuchar y a cumplir con mi ritual de ir al menos a una mascletá, y he de confesar que se me puso la carne de gallina
El caso es que en la mayoría de los países escandinavos, se tiene por costumbre el disparar fuegos artificiales cuando dan las 12:00 de la noche del último día del año. Todo el mundo, grandes y pequeños, dispara su arsenal, iluminando el cielo oscuro del más genuino, puro y frío invierno.
Se disparan montones de fuegos artificiales, de ese tipo de cohetes que se pueden comprar en las tiendas y que por supuesto, nada tienen que ver con los “profesionales”. Se monta una buena explosión de júbilo y colores alrededor de los mismos, mientras la gente, ya con unas copas de más, se felicita el año nuevo. Y ahí estoy yo pensando que a falta de uvas, buenas son unas aceitunas acompañadas de queso y una copa de vino tinto.
La gente me pregunta que qué me parecen los fuegos artificiales; y qué les voy a decir. Me parecen bien, pero muy “artificiales”, y es entonces cuando pienso en los de Valencia, los que ya se acercan, porque esos son reales; vaya si lo son.
La semana pasada asistí a una mascletà. No sé por qué, pero es lo que más me gusta de las fallas. Supongo que tiene mucho que ver con nuestro carácter: tot per l’aire.
Estaba por el centro a esas horas y me acerqué a ver, a escuchar y a cumplir con mi ritual de ir al menos a una, y he de confesar que se me puso la carne de gallina, a mí que nunca ha participado de la fiesta de las fallas. Me acordé entonces de las palabras de la casera del piso de estudiantes en el que vivía en Barcelona a mediados de los 90: “los valencianos podríais ser tan ricos como los catalanes, pero hacéis monumentos que valen una fortuna y luego los quemáis, y os gastáis millones en fuegos artificiales que no valen para nada” ¿Para nada? Hay tantas cosas que parece que no sirven para nada. Al recordar la cara de excitación de los embriagados noruegos esbozo una sonrisa y me pregunto qué pensaría aquella señora barcelonesa si viera a los vikingos lanzando cohetes al cielo mientras gritan: ¡Godt nytt år!
El conseller de Solidaritat i Ciutadania aconseguix que la seua Carta de Bones Pràctiques, avalada per dos presidents de diputació amb problemes amb la justícia per presumpta corrupció i un altre que va insultar els professors, aconseguixen 308 adhesions d’ajuntaments, entre ells 88 del PSPV i 23 de Compromís, EUPV i partits independents.
Reduïx en un 11% la plantilla i la meitat de treballadors de la multinacional entraran en l’expedient passant a cobrar de l’atur quan no hi haja producció.