Hace unas semanas que terminó Perdidos, la serie que encumbró al olimpo televisivo a su creador J.J. Abrams. Perdidos, por si no la han visto -y tranquilícense todos porque no voy a desvelar ningún misterio- tenía una virtud indiscutible: su capacidad de enganche. Abrams rizo el rizo con ella desde el primer instante, pues desde el minuto uno planteaba el primer misterio, que era saber dónde estaban los protagonistas. Eso mantenía al espectador pegado a la butaca, pero no habría sido suficiente para atrapar a tantos seguidores. La clave definitiva de su éxito era que prácticamente en cada episodio se introducía un nuevo misterio -¿Qué hace un oso polar en la isla? ¿Qué es ese humo mortal? ¿Qué significa ese número?- y pocos o ninguno de ellos llegaban a resolverse nunca; aunque eran tantas las nuevas claves introducidas que, llegados a las últimas temporadas de la serie, el espectador apenas recordaba ya cómo había empezado todo o hacía caso a que las piezas encajaran.
Ayer me vino 'Perdidos' a la mente como una metáfora perfecta de la crisis que llevamos ya años padeciendo, hasta el punto de que su guión, emitido en directo día tras día en los medios de comunicación, podría haberlo firmado el propio Abrams
Les cuento todo eso, porque ayer me vino la serie a la mente como una metáfora perfecta de la crisis que llevamos ya años padeciendo, hasta el punto de que su guión, emitido en directo día tras día en los medios de comunicación, podría haberlo firmado el propio Abrams. Si hacen un poco de memoria se acordarán del principio: la gente estaba tan tranquila (endeudándose a tope los más inconscientes, ahorrando los que veían que lo que sucedía era una vorágine sin sentido), cuando de repente salió a la luz que unos especuladores financieros norteamericanos habían creado y vendido unos artefactos financieros -aquello de las subprime- sin valor alguno a bancos de todo el mundo, que a su vez se los colocaban a inversores de aquí y allá. De repente mucha gente se encontró en la ruina y los bancos se dieron cuenta de que no disponían de los fondos que sospechaban porque buena parte de ellos los tenían en forma de esos activos que no eran más que humo -como el de Perdidos-, y cerraron el grifo a empresarios y trabajadores, paralizando la economía mundial.
Esa fue la primera temporada. La segunda, ambientada en España, continuaba el relato, aunque lo situaba en un territorio estatal en el que, a "los malos" originales, se sumaban otros cómplices: los especuladores del ladrillo. Hasta ahí parecía todo claro. Lo estaba tanto que incluso el PSOE lanzó para las elecciones europeas un vídeo en el que, mientras veíamos a una trabajadora viajando en un autobús de línea, se decía lo siguiente: "La culpa no es de los especuladores. Ni de la codicia de los altos ejecutivos. Ni de los excesos del capitalismo salvaje. Por lo visto, el problema es ella. Para la derecha todo se reduce a que los trabajadores tienen demasiados derechos".
Los malos estaban claros entonces, pero ya ven ahora, en la cuarta temporada, cómo estamos. Ahora es el PSOE en el gobierno Estatal el que recorta los derechos de los trabajadores, y solo a ellos. Hasta en el PP se erigen, mientras ríen para sus adentros, como el "partido de los trabajadores". ¿Pero qué ha sido de los malos originales de la crisis? ¿Se les ha pasado factura por lo que originaron en algún momento de la historia? Para nada, y desde hace un tiempo ya no aparecen en el guión de una serie que se sigue escribiendo y desarrollando en nuestras pantallas, pero también en nuestras calles y nuestras casas. Mientras, como en la serie de Abrams, la gente asiste confusa al desarrollo de la acción. Y los malos parecen haber escapado felizmente vivos.
Eixa és la impressió que es desprén del seguiment del primer dia de vaga en el sector de l'educació pública no universitària. Ja fóra el 90% indicat per la Conselleria o el 65% xifrat pels sindicats, la veritat és que malgrat el dur atac del Consell i l'Estat a l'educació i els seus transmissors, la immensa majoria dels professors van acudir amb normalitat a les aules, i llançaren l'inequívoc missatge que encara poden suportar més.
La seua carta de presentació és l’ambició. El nou secretari general de Joves Socialistes del País Valencià aspira a duplicar la militància de l’organització juvenil i sumar, entre ells, la joventut que comença a despertar i a participar de les mobilitzacions socials.
El “teatre de resistència” repetirà experiència en el barri valencià. El Festival Cabanyal Íntim portarà de nou les arts escèniques d'avantguarda a l'interior de les cases en perill de demolició, per a reivindicar la supervivència del conjunt històric.