El ultimo día de este julio de euforia deportiva, bochorno político y climático, se cumplirán tres lustros del cierre de La Torna. Para los nuevos indies metropolitanos, hijos de las predicciones de Umberto Eco y los silencios sonoros de la beat generation y ensordecidos por el botellón, este legendario garito abierto en la euforia democrática del año 1983 y cerrado en la penuria política del año 1995, es ahora un solar perpetuo lleno de gatos y enrunas, en un sin número de la no menos legendaria calle de Corona. En los tiempos en que un tercio de birra Volldam costaba 45 céntimos de euro, La Torna, pese a tener aspecto de taberna estudiantil con patas metálicas de las máquinas de coser Singer (el amante de Isadora Duncan, la divina) refulgía de luminosidad y entusiasmo rock y salsero. Siempre estaba a parir y allí no iban políticos encorbatados sino gente del teatro y la farándula, activistas y revolucionarios, ácratas y filósofos callejeros. |