En esas horas nocturnas en las que la luna es un poema más que una realidad lejana, el paseante ve hurtado su derecho a evocar los viejos tiempos de las esquinas, arcos y pasadizos de la veterana ciudad que fue mora, judía y cristiana a un tiempo
Disfruta, compañero, de esas calles mondas de vegetación y donde una sucesión de monolitos metálicos, llamados bolardos, son el recuerdo de avenidas arboladas. Date el gusto de admirar el abandono de las plazas emblemáticas de la vieja ciudad y sentir la alucinante soledad de una noche sin ambiente, sin vida. Pues no sólo el invierno y los bolsillos vacíos desaniman a salir, también los ancestrales espacios de paseo, convertidos en un desierto de comercios de multinacionales cerrados a cal y canto.
¡Cuántos de ustedes, amables lectores que pasen del medio siglo, recordarán unas plazas a rebosar de cafés y tertulias! Eso remite a los tiempos de don Vicente Blasco Ibáñez, cuando el conde Trénor, Blasco, Sorolla, Benlliure y los demás, organizaban sus fiestas bajo los magnolios de la Glorieta. Y un amigo dice que se podrían aprovechar los cenadores, glorietas y templetes que hay en cada barrio (sí, amigos, esas construcciones circulares y cubiertas de los parques, donde tocan música en las películas inglesas) para organizar conciertos musicales y representaciones cómicas los domingos soleados de esta inminente primavera. Prefiere el prehistórico poder municipal fomentar el agresivo deporte de la Fórmula Uno, destrozando de paso el litoral. Quien quiera música que pague entrada y se meta en el Palau o en las carísimas y ampulosas óperas del casco cementado de Calatrava.
Contempla, amable lector, esa ciudad bajo el manto gris y deprimente del invierno, cuando en ese momento extraordinario del atardecer, que se sale del trabajo, y en el cielo occidental se dibuja un lienzo de William Turner que transporta a una bondadosa quietud; es en ese mismo momento cuando alguna perversa mano baja la palanca de una iluminación cívica de lívido color y peor efecto. Es así que València podría llamarse la ciudad amarilla, pues si bien es cierto que ese sicótico tono de granja de pollos ahorra energía, no lo es menos que el Ayuntamiento se ha excedido en la exagerada profusión de farolas. Lo tienen aullado los concejales de izquierda y un grueso de la ciudadanía, pero ejercer el poder al estilo de, pongamos, un totalitarismo fashion, (Belusconi and Aznar style) es muy propio del actual consistorio.
De tal suerte, queridos amigos, que en esas horas nocturnas en las que la luna es un poema más que una realidad lejana, el paseante ve hurtado su derecho a evocar los viejos tiempos de las esquinas, arcos y pasadizos de la veterana ciudad que fue mora, judía y cristiana a un tiempo. Calles emblemáticas como Quart con su remate perfecto de la plaza Santa Úrsula y las emotivas Torres de defensa, pierden su fuerza evocadora al quedar terriblemente iluminadas de amarillo caca, como si de un plató de película de ciencia ficción se tratara.
Y hubo un tiempo en que a la sombra bendita del magnolio de la gasolinera del Parterre se bailaban sardanas en un signo de fraternidad perdido. Recuerdo que el maestro era cojitranco y sin embargo su gracia formaba parte de la València de aquellos tiempos. Había un escritor de periódicos llamado Vidal Corella que escribía sobre aquello semanalmente en un diario de cuyo nombre no quiero acordarme. No tenemos heredero de ese excelente escritor, sino tostones costumbristas editados por la oficialidad y que cuesta más la encuadernación que el contenido mero.
Da la sensación de que alguien se quiere cargar la ciudad y convertirla en otra cosa. En un escenario de las ciudades donde reina el inolvidable Flash Gordon. Y no sólo no respetan la intimidad del corazón partido que palpita bajo el Micalet, allá en las afueras, donde se compran apartamentos de muchos kilos los ricos, se decoran las rotondas con horripilantes obras contemporáneas, la mayoría de las veces de artistas enchufados del poder.
Deplora, al fin, compañero, lector, amigo, ese panorama desde cualquier puente, y cae en la cuenta de que el cambio climático es calderilla si advertimos la abducción urbana que lideran nuestras fuerzas municipales.
Al fin, una secuencia de Carver. Si quieres sentir el horror de esta ciudad del futuro, espera el metro, sólo, una noche de este invierno interminable, sentado en el sucio banco de plástico de una estación del Cabanyal. Bajo tierra, el quejido de la vieja ciudad mediterránea es más gótico. De todas formas, las gárgolas de la Llotja se ríen de lo narrado; lo tenían previsto desde tiempos inmemoriales.