Ni en la propia ciudad de València queda apenas hoy eco alguno de la maldita carrera de coches del pasado fin de semana. Imagínense lo que debe impactar en un señor de Texas -donde la F1 es tan popular o menos que el curling- o de Dublín, por citar dos ciudades con turistas deseados, para decidirse a venir aquí a emplear sus días de vacaciones. Insistir en evidenciar el absurdo del reclamo turístico del sarao millonario es, además de otorgar cierto rango de veracidad a lo que no es sino una soberana estupidez, perder el tiempo. El caso, que es lo que importa, es que pese a la evidencia del fiasco, ya nada se dice de la carrera, de las molestias que genera, y de la repercusión que tiene la importantísima inversión que supone en tiempos de EREs y rebajas de sueldos. Importa el silencio, que no haya debate; y por si cabía alguna duda, hasta el diario más vendido de la Comunitat lo ratificaba ayer en su editorial: "El gran premio constituye una buena promoción de Valencia". Pues listo.
El gesto de los socialistas en circuito escenificaba el giro de 180 grados en su opinión respecto a un asunto/problema que no ha cambiado, si no es para peor, desde su origen
Es evidente que los culpables de que se haya llevado adelante tan tremendo error, que hipoteca aún más nuestro negro futuro, son los líderes valencianos del Partido Popular que en su día se hicieron la foto con el mangante, perdón, magnate Bernie Eccleston; pero no por ello produce menos turbación asistir a la presencia acrítica en las gradas del circuito de las cabezas de lista del PSPV a Generalitat y alcaldía de València como sucedió el pasado fin de semana. Produce turbación no porque uno confíe en ellos como única alternativa a los gobernantes actuales, que hay muchas más y de todos los colores; sino porque el gesto -reforzado por notas de prensa que recogían la sentada de las socialistas posaderas en las butacas de plástico como si de un hito se tratara- escenificaba el giro de 180 grados en su opinión respecto a un asunto/problema que no ha cambiado, si no es para peor, desde su origen.
En el caso de Jorge Alarte, fue su antecesor Joan Ignasi Pla quien se opuso rotundamente a la programación de la carrera fuera del circuito de Cheste, por lo que la discrepancia de parecer, al margen de evidenciar que para los vecinos y los valencianos en general sería tan nefasto como Camps a este respecto, parece más comprensible. Pero en el caso de Carmen Alborch, verla fotografiada en las gradas medio vacías, dando con su cuerpo la espalda a los barrios que sufren durante semanas las molestias del circuito y durante días un ruido infernal, resulta del todo incomprensible. Seguro que en Blanquerías tendrán estudios que asegurarán que semejante actitud le generará simpatías, aunque atendiendo a éxitos pretéritos no sé si deberían hacerles mucho caso. Lo que también tengo por seguro es que hace falta muy poco para tirar por la borda los esfuerzos por transmitir en los barrios que se es una alternativa sólida y real. Y si no se es alternativa, ¿para qué nadie iba a cambiar su voto?
Eixa és la impressió que es desprén del seguiment del primer dia de vaga en el sector de l'educació pública no universitària. Ja fóra el 90% indicat per la Conselleria o el 65% xifrat pels sindicats, la veritat és que malgrat el dur atac del Consell i l'Estat a l'educació i els seus transmissors, la immensa majoria dels professors van acudir amb normalitat a les aules, i llançaren l'inequívoc missatge que encara poden suportar més.
La seua carta de presentació és l’ambició. El nou secretari general de Joves Socialistes del País Valencià aspira a duplicar la militància de l’organització juvenil i sumar, entre ells, la joventut que comença a despertar i a participar de les mobilitzacions socials.
El “teatre de resistència” repetirà experiència en el barri valencià. El Festival Cabanyal Íntim portarà de nou les arts escèniques d'avantguarda a l'interior de les cases en perill de demolició, per a reivindicar la supervivència del conjunt històric.