Antes de entrar al detalle he de aclarar que soy de la misma impresión que Pau Caparrósexpresó aquí hace unas semanas a propósito de la idea -entonces posible- de fusionar Cam y Bancaja. Él decía que, teniendo en cuenta la misión social que deberían desarrollar las cajas, lo deseable ante una fusión sería que esta se realizara entre entidades de un territorio con una coyuntura social común; pero que, si el resultado de la fusión, lo único que iba a servir era para seguir financiando empresas descabelladas, deficitarios equipos de fútbol o macrourbanizaciones fantasmas, lo mismo daría que las cajas cerraran que se fusionaran con el Banco de Mozambique.
Lo malo, que Caparrós no apuntaba pero seguro que daba por sobreentendido, es que en las cajas ambas facetas se vienen uniendo desde tiempo atrás, y pocas entidades hay cuyos servicios no vayan en parte ligados a los intereses políticos de las autoridades de las comunidades autónomas donde se ubican, especialmente si éstas han cargado las tintas políticas en la elección de sus consejos de administración. La Comunitat Valenciana con Bancaja y la de Madrid con Caja Madrid, politizadas por sus respectivos gobiernos hasta el punto de convertirse en delegaciones del PP, son un claro ejemplo de esto último, pero al menos, aisladas, ofrecían un servicio a sus respectivos territorios.
Francisco Camps, hasta hace unos meses importante barón del PP y ahora debilitado por los casos de presunta corrupción que le rodean por doquier, ha sido presa fácil de los deseos centralistas de la cúpula de su partido
Por eso hace semanas se temía la fusión/absorción de la CAM por Caja Madrid y por eso mismo es tan terrible que sea ahora Bancaja la entidad que sea engullida por la entidad que dirige Rodrigo Rato: porque, como decía Caparrós, su unión sí responde a un objetivo común, pero ése no es servir a un territorio o unos ciudadanos con intereses comunes, sino servir al PP y al centralismo español. ¿Pero cómo la cuarta caja de España, en una situación privilegiada, se ha dejado tragar por la segunda? Sencillamente, porque el que debía defender su autonomía ha preferido defenderse a sí mismo. Francisco Camps, hasta hace unos meses importante barón del PP, ha sido presa fácil de los deseos centralistas de la cúpula de su partido, que se ha beneficiado de su debilidad por los casos de presunta corrupción que le rodean por doquier y de su miedo a quedarse sin el respaldo de sus "compañeros", para exigirle que de vía libre a la pérdida de lo poco bueno que le quedaba a Bancaja, su territorialidad.
Canal 9, Las Provincias en su edición digital, y el resto de medios más preocupados del destino del PP que de los intereses de los valencianos, hablaban ya ayer de que con la fusión "Bancaja pasaba a formar parte de la primera caja de España", como si se tratara de una victoria, pero eso no es así. Bancaja, sus activos y su servicio, se han regalado a largo plazo a Madrid y, especialmente, a un PP que ya tiene el grupo financiero que ansiaba y por el que tanto ha presionado desde todos los órganos a su disposición. Dicen que es una "fusión fría", porque va lenta, pero va. Las cajas que la firman tienen diez años para fusionarse completamente y no hay marcha atrás, de modo que la valencianidad de Bancaja ya tiene fecha límite, si es que, como manda la lógica, no se difumina antes en el banco resultante de la fusión.
Camps, incapaz y débil, no solo no propició la gestación de la por muchos deseada "gran caja valenciana" en el momento en el que más fácil habría sido crearla, sino que, tras ver cómo la Cam garantizaba su futuro dejándose llevar por criterios puramente económicos, dejó que Bancaja, la joya de su corona, fuera depredada ante sus ojos por los mismos compañeros de partido que le repudiarán a poco que se tuerza un poco más su situación jurídica. Ahora, tras este último acto, Camps ya no les sirve para nada. Y este colofón escenifica bien a las claras para qué nos ha servido a nosotros, a los valencianos.
Adiós Bancaja. A ver cuánto nos dura Caixa Ontinyent.
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