A veces los días son tan largos como la espalda de la persona amada, tan eternos como el invierno y cada una de sus noches. Paseamos a horas que en otro lugar serían intempestivas, descubriendo caminos que siempre han estado ahí y que no conocíamos. Sienta bien pasear: horas y horas de contemplación, de conversación o silencio, de reflexión, de pensamientos oscuros que se van haciendo más y más clarividentes, amaneciendo en esperanzas que abren puertas que otrora permanecían cerradas.
En ocasiones, cosas que están delante de nuestros ojos pasan desapercibidas. A veces, no sólo hacen falta ojos para ver y oídos para escuchar. Hace falta algo más, y es ese algo más el que marca diferencias e inclina balanzas. Pasan las cosas o no pasan, siguen las nubes su trayectoria a merced de los vientos, como la gente que te cruzas por la calle y que probablemente nunca vuelvas a ver. O tal vez sí; pero al igual que lo que a veces tintinea delante de nuestros ojos, miramos sin verlo y luego, no es que no recordemos, es que ni siquiera lo llegamos a fotografiar en nuestra memoria. |