“Pobres árbitros siempre se les culpa de todo. Hay quienes les culpan de la gripe porcina. No es justo. Es un trabajo durísimo. ¿Qué autoridad puede tener un señor que manda a 22 millonarios en pantalón corto y con un pito. Imagínate que te encuentras a Grande-Marlasca en el juzgado, con bermudas y sin depilar, dictando sus sentencias con un silbato en la boca… No es fácil, si tú ganas ocho millones al año, no le haces caso a un tío al que no le llega ni para una armónica”.
Así, de forma mordaz y brillante, describe en uno de sus monólogos Andreu Buenafuente la profesión más complicada, la de árbitro. Según el humorista de Reus, sólo sufren idénticos insultos los inspectores de Hacienda y los presidentes del Gobierno. Por cierto, a José María Aznar sólo le falta vestirse de negro y salir al césped. ¿Todo llegará?
Me he acordado de los colegiados después del caos que generó Alfonso Pérez Burrull el pasado domingo en el Atlético de Madrid-Valencia. Con todo ese rollo sobre la soledad y la culpabilidad, tras los errores en las derrotas, la semana pasada quedó claro que lo de enfundarse los guantes y ser portero no motiva mucho a los chavales de nuestros días. Pues bien, es evidente que lo de llamarse señor colegiado lo supera, todavía está peor visto. Algún iluminado habrá al que le ponga lo de impartir justicia entre los futbolistas, pese a que tenga que soportar a 50.000 almas acordándose de su madre o inventándose algún desliz de cama de su santa esposa… O no. Pero muchos, como el protagonista del Calderón, optaron por colgarse el pito del cuello como vía de escape al fracaso escolar. “Casi todos los profesores me echaban de clase, sobre todo, el de francés”, recordaba hace unos años Pérez Burrull, a quien, castigado entre los pasillos de Escolapios, un entrenador de la escuela le invitó a arbitrar y él aceptó.
Bromea Buenafuente con que algunos trencillas hasta lo ocultan en casa. “Un árbitro cualquiera llega tarde a casa y ahí está su madre, como siempre, despierta y esperándole. Y le dice, he encontrado una tarjeta roja en tu habitación.¿No estarás arbitrando, verdad? No, no, mamá. Es mi carné de comunista. Ah sí, ¿y la amarilla?”. Genial. Más allá del chiste -y nos sirve-, en España nos fascina tomarla con el árbitro. Hasta en días como el domingo, cuando este empresario colchonero, que no atlético, no tuvo incidencia en el resultado. La fórmula siempre es la misma en esperpentos como el de Burrull. Durante el partido se quejan los dos, después sólo el que ha perdido.
"Hablar del colegiado priva de criticar más tiempo a los verdaderos actores, que muchas veces en situaciones así se van de rositas"
Pasó, pasa como en el Manzanares y volverá pasar. Nada cambia. El sistema conviene a los poderosos. Barça y Madrid parten con la ventaja intangible de los errores arbitrales, los menos grandes hacen mutis por el foro, creyendo que podría ser peor, y los pequeños, los más perjudicados, carecen de fuerza. Pérez Burrull es malo, muy malo e hizo mucho daño al Valencia con la expulsión de Miguel y la tarjeta gratuita a César en el minuto 91. Decisiones que hurgan en la herida de las numerosas bajas. Moyà tendrá una nueva oportunidad contra el Racing -casualidad de la vida, conjunto tan cántabro como el árbitro de Comillas-. En el lateral derecho podría debutar Joel, de 17 años. Mientras que en el medio, sin Banega y Albelda, el apático portugués, Manuel Fernandes, podría continuar en el once, a pesar de su exhibición de desgana en Madrid. De momento Unai Emery se resiste a dar la alternativa a un currante como el holandés Maduro. ¿Alguien lo entiende? Yo no.
Alfonsito fue el colegiado que expulsó a Carew en 2000 por entender que el noruego, mandando callar a San Mamés tras su gol del empate a uno -un golazo espectacular después de un pase al espacio de Mendieta- se comportó de forma obscena y antideportiva. Alfonsito fue el que tardó siete minutos en dar el gol de Fabio Aurelio en Málaga en la Liga de 2002, con el valencianismo enteró tirándose de los pelos. Y Alfonsito fue quien le dijo al jugador de Crevillent Juanfran: “Si te tiras, por lo menos, tírate bien”, antes de sacarle dos amarillas en los clamorosos penaltis de Gago y Pepe en el Real Madrid-Osasuna de hace un año. A un jugador rojillo, que le pidió que viera sus fallos por televisión, le respondió: “¿La tele? Métela por el culo”. Métete tú el pito por donde te quepa, debió pensar el futbolista.
No hay duda de la incapacidad de Pérez Burrull. Sin embargo, hay dos cosas que me irritan. Primero que él, o el que sea, vaya a la nevera cuando interesa a los medios poderosos o haya uno o dos grandes de por medio. Lo segundo, que hablar del colegiado prive de criticar más tiempo a los verdaderos actores, que muchas veces en situaciones así se van de rositas. El Valencia disparó tres veces a la portería de De Gea -apunten, voy a ser profético, será el portero de la Selección el día que Casillas se lo deje-. Emery se equivocó sacando a Fernandes. Banega ni apareció. Manuel… Peor aún, por no querer aprovechar la oportunidad. Y Marchena se autoexpulsó; su penalti redujo la ventaja y dejó a sus compañeros en ropa interior.
Pero así es el fútbol. Y lo reconozco, yo también me he perdido en hablar del hombre del pito. Me he dejado llevar por la corriente y eso que éste no me caía mal del todo. El tío entra a los estadios escuchando a ACDC y cuando va por el Bernabéu no se olvida de denunciar en las actas las manifestaciones y simbología fascistas de los ultras.
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