¿Verano bueno? ¿Verano malo? Es probable que tu calendario te pueda haber prestado muchos días de sol y noches fantásticas, o que tus quehaceres, trabajo, estudios o bolsillo te quieran haber sitiado donde también vives el invierno y rociado ahora de buena mierda calenturienta. Uno o los dos meses estivales viendo como los demás se fueron. Si alguien tiene perro y recuerda la cara que te pone cuando sales de casa, cuando antes de cerrar la puerta lo último que ves es su mirada triste y de no entender por qué él no, pues eso. Esa expresión es, en muchas ocasiones, la del veraneante de ciudad.
Pero no para todos es malo pasarlas aquí. Hay para quien incluso estando de vacaciones fuera, el destino se la puede haber pegado con otro y no le saliera todo como esperaba y quien, en cambio, se quedó en su urbe aguantando la bandera y acabara conociendo algo o alguien a quien no hubiera conocido en otras circunstancias porque, para su asombro, esa complicidad temporal de veraneantes de asfalto le proporciona un sin igual; e inesperadamente, más felicidad que dos meses a gastos pagados en cualquier sitio de costa, pescado recién aniquilado a la plancha y el "chunda-chunda" nocturno de turno; alguien a quien le cautiva la luna llena, o a medio llenar, en un coktail chancletero improvisado en un terrado cualquiera en el barrio del Carmen. Que aparca en la puerta de su casa de Ruzafa a la primera. O cómo un estudiante de Benimaclet y una dama adinerada del barrio de Bachiller pueden descubrir que los gallumbos de seda del ausente marido sientan fantásticamente al “perrofláutico” joven amante. |