Hay cosas que son sagradas. A veces no tienen explicación lógica, incluso algunas es casi seguro que no pasarían el filtro de la razón, pero el caso es que son así porque deben serlo. Y la religión del fútbol no es una excepción, hay axiomas que van a misa y si no los cumples, te conviertes en “pecador”. El señor Unai Emery cometió el domingo (día del Señor) un acto impuro; mancilló, desprestigió y ridiculizó todo lo que representa la capitanía valencianista. Le dio el brazalete a Miguel.
Miguel Brito (“por sus hechos lo conoceréis”), hombre recto, responsable, cabal, profesional entregado a la causa y leal a su equipo. Emery no lo dudó, quien si no el portugués iba a coger el testigo de Quincoces, Puchades, Claramunt, Saura, Arias, Fernando, Mendieta, Albelda… Tenía que ser él, no había otro que pudiera representar a la institución más relevante de la Comunitat Valenciana y además en territorio catalán. La senyera en su brazo parecía una broma de mal gusto, un reflejo de la falta de liderazgo e identidad de este Valencia C.F. |