Son casi las 12 de la noche y todavía no he escrito mi artículo de los miércoles. Mientras mis compañeros de tertulia (tengo familiares y amigos visitándome) me animan a hacerlo y me sugieren temas, yo me voy perdiendo en un laberinto de ideas y pensamientos que no me llevan a ningún sitio en concreto. Voy dejando mis huellas en cada gesto y cada respuesta perezosa, y no consigo la chispa que encienda la llama de la inspiración. Hay quien piensa que para escribir hace falta vivir experiencias especiales y excepcionales, pero yo no estoy del todo de acuerdo.
Por supuesto que una vida intensa, plena y llena de singularidades ayuda, pero es en lo cotidiano donde encontramos las más conmovedoras y desgarradoras historias, esas que, como en los relatos de Carver, sacuden nuestras entrañas de manera silente e incluso perversa. A veces hay más literatura en la rutina, en el aburrimiento y en la nada, que en ese todo que tanto solemos idealizar, ese tipo de vida frenética que nos lleva de oca a oca y nos hace seguir tirando y tirando de lo que de alguna forma nos toca. Y tocarnos… a todos nos toca algo. Yo por ejemplo llego hoy algo tocado hasta este punto, y confuso después de unos días muy ajetreados y con bastante estrés (del bueno, si es que éste existe). |