Las palabras del poder vierten su eco en el subconsciente. Su reverberación actúa como una pócima que transmuta la mentira en verdad y redefine los lindes de la realidad. Los políticos conocen su fuerza y buscan en las entrañas de la lengua palabras e historias que se cuelen en las noches del pensamiento por la ventana del subconsciente. Desde ahí pueden moldear el juicio de pueblos enteros a su antojo. Pero el subconsciente no sólo registra. En contadas ocasiones, cuando la presión supera su entereza y autocontrol, los dirigentes dejan escapar en sus proclamas palabras e imágenes de su propio mundo oculto. Caen como las lágrimas de un bañista: inadvertidas en el agua, se descubren sólo en la mirada hundida. Lo subliminal aflora y el discurso político queda a la intemperie.
“Me siento como Juan Sin Miedo”, proclamó el pasado 12 de mayo el presidente de la Generalitat valenciana, Francisco Camps, tras conocer la sentencia del Supremo que ordenó reabrir la investigación contra él por un presunto delito de cohecho. En una intervención plagada de mensajes subliminales, Camps, además de identificarse con el héroe de los hermanos Grimm que, según sus palabras, no tiene “miedo a nada”, declaró que el proceso judicial es “falso”. “Es de risa, el proceso es de risa, no se sostiene, si no, no estaría aquí tan feliz”.
La felicidad de Francisco Camps es una sonrisa limpia cincelada a lo largo de los años, acompañada de una imagen de gobernante responsable, maduro, austero, honesto y religioso. La sonrisa aún perdura tras activar un resorte mecánico, pero la imagen se desconcha con la erosión del caso Gürtel. Por eso, no entiende lo que está pasando. “Quedan dos o tres escaloncitos y entonces toda esta cuestión tan extraña, tan absurda y tan estrafalaria habrá pasado”, manifestó en una comparecencia anterior.
Camps encontró en Juan Sin Miedo un símbolo de valentía, una cualidad que permite enfrentarse a todo aún sin las armas suficientes: “no puede ser que quien acusa tenga todas las armas legales a su alcance y el que tiene que defenderse no tiene ninguna. No puede ser que uno vaya con metralleta y otro con un puñal de plástico”. El valeroso puede vencer incluso sin recursos: “no puede haber ni siquiera juicio porque no hay nada de nada”. Fue tan contundente y exagerado en sus asertos (“todo el mundo en España, los 45 millones de españoles, saben que soy honrado”) que el mensaje de una conspiración contra su persona convenció a los militantes ‘populares’ que lo miraban con recelo (“se ha puesto en juego el Estado de Derecho con este proceso”). Sus mensajes, que parecían dirigidos al intelecto, en realidad se deslizaron por las cavernas del pensamiento, sin apenas advertir su presencia. Las palabras mágicas, en los labios de un ilusionista, se desvanecen en el aire y aparecen en la chistera del subconsciente. Allí, en lo más profundo, son eficaces porque la capacidad de razonar está desactivada. |