A veces me pregunto qué es lo que mueve el mundo, qué es lo que hace que la tierra siga girando y nos mantiene en pie contra viento y marea. ¿Por qué algunos seguimos creyendo que las cosas pueden salir bien y que hacer lo correcto es el mejor camino para que así sea? ¿Por qué, sin embargo, perseguimos esas zanahorias envenenadas que nos son mostradas por las más dudosas manos? ¿De qué combustible nos abastecemos para no acabar hartos de tantas promesas incumplidas, en esta vorágine capitalista que nos conduce irremediablemente al fracaso y a la frustración?
No siempre se puede crecer, mejorar o ganar más, y no debería ser necesario pasar por encima de los demás para conseguir nuestros objetivos, porque de ser así, cada vez que nuestras metas se cumplan estaremos truncando las de otros, que al igual que nosotros, tienen la ilusión de ver sus objetivos cumplidos. Sí, esa es la teoría, todos sabemos la teoría pero ¿y qué?
De alguna manera la suerte siempre se ceba con los que menos tienen, pero todos sabemos que no es la suerte lo que inclina la balanza en contra de los más desfavorecidos
Ahora mismo me encuentro en un avión a 35.000 pies de altura. Me siento extraño porque, aunque vuele a menudo, me sigue pareciendo algo sumamente antinatural (por mucho que lo haga no logro acostumbrarme). Mientras yo voy camino de casa, miles de personas carecen de un sitio al que volver e intentan sobrevivir a catástrofes naturales y no tan naturales. Leo en el periódico que prácticamente no hay víctimas y que los daños materiales son menores en las áreas ricas de Puerto Príncipe, en Haití. De alguna manera la suerte siempre se ceba con los que menos tienen, pero todos sabemos que no es la suerte lo que inclina la balanza en contra de los más desfavorecidos. Son otras causas, las de siempre, las que todos conocemos mientras seguimos nuestro viaje mirando hacia otra parte.
Hablo con una amigo por teléfono que me cuenta malas noticias (problemas de salud de un familiar que pintan mal). Pienso en la gente que dormirá al raso esta noche y me pregunto por qué muchas veces, cuando somos afortunados, sólo nos damos cuenta de ello al confrontar nuestra fortuna frente a la miseria de los demás. Me siento miserable por compadecerme de mis problemas, todos ficticios e irrelevantes. La realidad me sacude con fuerza. Echo la vista atrás, recuerdo Bombay, India y los seis meses que tardé en volver a “deprimirme” y autocompadecerme, después de ver la luz de la mirada de gente que no tenía nada más que ilusión. Sí, también se vive de ilusión, pero ¿es suficiente?
Paradójicamente, a veces lo es en los países en los que se disfruta de menos bienes materiales. Ilusión, algo que echarse a la boca, y a esperar un nuevo día. Esa es su práctica pero, ¿y la nuestra? Mientras algunos compran comida rápida y artículos "tax -free" a unos 10.000 metros de altitud, otros esperan que esos mismos artículos les caigan del cielo, pero los que miran desde arriba se quedan con el botín. Así es la práctica.
safrika (Patricia) - 20-01-10 - 10:08h. Un buenísimo final para el artículo, te deja clavado en la silla. No sé, yo pienso mucho en todas estas cosas, voy a dejar ir los dedos sobre el teclado... pienso en estas cosas sobre todo también después del viaje a India. Eso sí, hoy por hoy aunque no sabría si asociarlo de alguna manera, me siento más tranquila que nunca, lo que para mi es sinónimo de felicidad. Ayer tiré una bolsa de queso que se había hecho malo y pensé en Haiti. No me siento afortunada en comparación, me siento afortunada porque sí. Pero mi vida no tiene, desde luego, más valor. Y esa parece la confusión sobre todo en Europa. Valemos más?- Por favor... Yo no me sentí nada feliz en el contraste pobreza_/ riqueza de India, quiero decir, no valoré creo por ello más lo que tengo, si no que no entendí como es posible que podamos todavía. Que puedan los gobiernos, que tengan esa frialdad tan grave y horrible, para mirar hacia otro lado, para no mirar hacia Sudán por ejemplo. Es fuerte, nosotros somos complices? Es posible. Puede un borrego ser complice de algo? Eso ya no lo sé- Lo que sí sé es que uno tiene que vivir siendo lo más coherente posible con uno mismo, algo que cada vez parece más difícil (cuántos han muerto para que yo tenga móvil en las minas de coltán en áfrica?) Es complicado, uno no quiere tampoco renunciar, y es normal, es lo que somos, lo que tenemos para aferrarnos a un mundo absurdo, en el que no entendemos nada de la existencia... y... qué somos? hay que hacer un cambio de vida radical para poder tener las manos limpias, desde luego no podemos culparnos (hasta ese punto al menos), sería absurdo. Bonita jaula la nuestra, hay que hacer la revolución, ¿quién prende la llama? - una llama sin demagogias- Siempre nos quedará la música, la literatura, las personas que ven más allá de sus narices y el amor. Universal.
Esta mañana no sé qué me pasa. Sueño con incubadoras y bebés. Enhorabuena por tu artículo, Jorge. Nada como una buena dosis de agitar antes de usar para pasar el día un poco más despierto.
Eixa és la impressió que es desprén del seguiment del primer dia de vaga en el sector de l'educació pública no universitària. Ja fóra el 90% indicat per la Conselleria o el 65% xifrat pels sindicats, la veritat és que malgrat el dur atac del Consell i l'Estat a l'educació i els seus transmissors, la immensa majoria dels professors van acudir amb normalitat a les aules, i llançaren l'inequívoc missatge que encara poden suportar més.
La seua carta de presentació és l’ambició. El nou secretari general de Joves Socialistes del País Valencià aspira a duplicar la militància de l’organització juvenil i sumar, entre ells, la joventut que comença a despertar i a participar de les mobilitzacions socials.
El “teatre de resistència” repetirà experiència en el barri valencià. El Festival Cabanyal Íntim portarà de nou les arts escèniques d'avantguarda a l'interior de les cases en perill de demolició, per a reivindicar la supervivència del conjunt històric.