La última vez que crucé Europa por carretera, llené el coche hasta arriba de pertenencias que no importan, y otras que sí y mucho. Una paella para 10 y especias e ingredientes que no se pueden comprar en el lugar de destino eran la guinda de un equipaje que ha hecho mi vida un poco mejor. Somos cuatro en la familia, así que supongo que es culturalmente relevante el hecho de que pensara en seis personas más.
Volví a viajar hacia el norte del norte la semana pasada. Traje conmigo algunos libros y revistas de música, algo de ropa de abrigo y sobre todo comida. La maleta que facturé en el avión portaba 20 kilos en vino (de Fontanars), quesos, arroz (bomba), aceite de oliva virgen, embutidos, jamón ibérico y demás manjares tan difíciles de encontrar por estos lares. No me pararon en aduanas, como otras veces me ha pasado, pero de haberlo hecho, habrían asistido al registro de un carrito de la compra. Creo que la sensación que ese desfile de productos gastronómicos hubiera provocado entre los agentes de aduanas, es la misma que a mí siempre me han producido las películas de Berlanga. En ese equipaje estaban mis raíces, quién soy y por qué, pero también muchas de las cosas que me podrían caricaturizar. |