Como Orson Welles y Joseph Cotten en El Tercer Hombre contemplando desde las alturas esos puntos que se mueven como pollos sin cabeza, como hormigas que pisamos sin darnos cuenta, o totalmente a propósito y que nada, o muy poco, pueden significar para el devenir de la humanidad. Subimos a la parte más alta de cualquier ciudad y divisamos lo que se abre a nuestros pies. Son las diez de la mañana de un día cualquiera de un mes de junio de un año más (o menos , según se mire). Miles de personas desarrollan sus rutinas diarias y se dedican a hacer todo tipo de actividades y acciones más o menos lícitas. Así que mientras unos trabajan y pierden su mirada en la pantalla de su ordenador, otros escriben sus memorias mientras suena The Boatman’s call de Nick Cave. En el hilo musical del gimnasio más trendy de la ciudad se escuchan a todo trapo canciones disco de usar y tirar, mientras esforzados ciudadanos hacen de tripas corazón, esforzándose para perder unos kilos que guarden las apariencias y así poder lucir sus cuerpos en el verano que se acerca. La vecina guapa toma una ducha y se divisa su bella silueta al trasluz de la ventana. El jubilado aburrido que corta el césped y arregla su jardín se seca el sudor de la frente con un viejo pañuelo que lleva su nombre bordado. Una pareja discute airadamente entre reproches que poco a poco abocarán su relación al fracaso. Dos estudiantes perezosos hacen novillos y retozan en una vieja cama al compás de un molesto ruido de muelles que sugiere intercambio de fluidos y frases candentes. Un joven se ve intimidado por dos yonquis que caminan sin rumbo, ocultos bajo sus gafas de sol de todo a cien y sus chándales de supermercado. Dos viejos amigos se encuentran cruzando un semáforo, repasan sus vidas en cinco minutos y prometen llamadas que no llegarán. Hay quien abusa de uno mismo, otros de terceras personas, algunos incluso de todo el mundo. Hay quien respeta y es respetado. Unos felices del todo, muchos relativamente dentro de la infelicidad, otros resignados sabiendo cómo será lo que puede seguir a la nada más vacía que pueda no existir (porque algo tan insignificante no puede existir). Nace un varón de 4 kilos al calor de unos padres dichosos. Muere un anciano desvalido y solo y es enterrado entre fríos silencios de ínfimos conocidos.
Mirando desde esta gran Torre de Babel todas y cada una de las situaciones anteriores y las que podamos imaginar, se dan al mismo tiempo. Nada es tan raro y todo es extraño, todo es cotidiano y conocido y nada usual y normal. Momentos únicos e irrepetibles, dolorosos o victoriosos, contradicciones, pruebas fehacientes, dudas, certezas. La historia se repite y la escriben cada mañana millones de personas. Seguro que en algún lugar hay alguien que pasa por la misma situación que pasamos nosotros ahora mismo, porque lo que a uno le pasa, le pasa a la mayoría. |