El domingo pasado llegué a casa después de varios días por el mundo, con lo que yo considero, todavía hoy, el pan bajo el brazo, en este caso en forma de vinilo. Cargado hasta los dientes de maletas, guitarras y chaqueta, la posesión más preciada que llevaba conmigo en ese momento era un vinilo de nuestro nuevo disco Universal, y eso, dado los tiempos que corren, eminentemente digitales, es algo cuanto menos reseñable.
Me apresuré a dejar todos los bártulos en mi habitación y una vez aterrizado en mi guarida, me dispuse a quitar el envoltorio de plástico que protegía el más valioso de los tesoros, ese objeto que tantas veces me salvó la vida. |