"ESTABA CONVENCIDO DE QUE MI TALENTO ERA MUY CORTITO". FOTO: MARTA RAMÓN.
Perico Sambeat: “El apoyo institucional y mediático al jazz es prácticamente nulo, pero en esta ciudad es exagerado”
El saxofonista valenciano, uno de los músicos españoles con mayor proyección internacional, asalta los surcos de la memoria para desteñir jazz. Perico Sambeat habla de una profesión hecha vida, y viceversa.
MARTA RAMÓN. 06 maig 2011
Vota
| Resultat
44 vots.
Llega tarde, pero puntual a los minutos exactos del retraso previsto. Su figura, de aire despreocupado y andares ligeros, gira la esquina de la calle. Sonriente, se disculpa mientras entramos a uno de los sitios en el que más se le quiere y admira en Valencia. La mesa del fondo, esa que Chevi- el dueño del Jimmy Glass- llama ‘la mesa de los músicos’ es el rincón escogido para poder hablar de jazz y vida, aunque en Perico Sambeat estas palabras son intercambiables.
La luz de amarillo intenso y la música de Joe Henderson de fondo lo envuelven todo. Perico encuentra rápidamente una postura cómoda, medio recostado en la silla, y, de brazos cruzados, desvía la mirada hacia un punto incierto para empezar a recordar: “mi fascinación por la música empezó a los tres o cuatro años, y comencé a tomar clases a los seis con un profesor particular”. Sonríe divertido y apunta que su profesor era un señor calvo y que se aburrió pronto pero que a los once retomó los estudios en el Conservatorio, una etapa a la que no le guarda especial cariño: “fue una cruda experiencia que recuerdo como con edificios grandes, grises, vacíos, tristes y con luces de neón, donde unos hombres en estrados grandes daban una imagen denigrante de lo que es la música. Y, aún así, aguanté tres años de piano y solfeo que recuerdo muy tristes. Gracias a dios o a quien sea me lo dejé, fue una liberación”.
Perico Sambeat reconoce que fue un desastre en el instituto y que estuvo haciendo equilibrios sobre la cuerda de la irresponsabilidad: “los test del instituto me daban muy bajo en todos los aspectos laborales. Recuerdo uno que era todo muy bajo, excepto en el apartado artístico que sólo ponía bajo. Era increíble, en aquella época era muy mal estudiante, estaba todo el día fumando porros y tocando la flauta”. Pero, por fin, a los diecinueve se centró, valoró su situación y sus capacidades para poder empezar a pensar en futuro: “pensé ‘madre mía’, qué va a ser de mi vida. Y dije, bueno, si lo único que me gusta en el mundo es la música, pues como sé tocar un poquito la flauta y el saxo voy a estudiar un poquito más y así podré llegar a vivir de músico aunque sea en orquestas de baile hasta que me muera y esto me producirá una felicidad tremenda. Y la verdad es que esa era toda mi aspiración: tocar donde fuera”. Así, puede decirse que se convirtió en músico por accidente: “en un principio era lo inimaginable de lo inimaginable porque mi decisión de ser músico no fue tanto de una decisión propia sino fruto de una serie de acontecimientos producidos por mi propia irresponsabilidad”.
El interés de Perico Sambeat por el jazz nació durante su infancia y fue desarrollándose en su entorno más cercano ya que su hermano regentaba un mítico bar de jazz en Valencia, Tres Tristres Tigres. Más tarde, se mudó a Barcelona para estudiar en el Taller de Músics y, poco a poco, fue metiéndose profesionalmente en el mundo del jazz: “el primer concierto que tuve pagado fue como un flash para mí, jamás había pensado que un sueño así se podría consumar y, ni muchísimo menos, pensar que algún día podría permitirme el lujo de hacer lo que yo quisiera musicalmente. Ni me lo planteaba, me parecía imposible”.
Sambeat se muestra escéptico al hablar de la confianza en su habilidad para crear música por aquel entonces: “yo era un tipo un poco negativo. Jamás hubiera pensado que tenía el mínimo talento para llegar a mitad de camino del que he llegado. Pero también era muy cabezón así que estudiaba como un bestia. Pero es curioso porque estudiaba como un bestia sin demasiada convicción. Estaba convencido de que mi talento era muy cortito”. Se toca la barbilla y sonríe de forma pícara, como si se reencontrara con sus veinte y el despertar a lo mejor y lo peor de la vida, la autoconciencia del lugar que ocupas en el mundo y de los caminos que has de empezar a trazar. Y pisar Brooklyn es una marca que hay que alcanzar cuando se es músico de jazz, por ello estuvo trabajando para ahorrar y luchando por conseguir alguna ayuda. Así pudo permitirse el lujo de marchar a la gran manzana a principios de los noventa: “es donde más y mejores músicos hay por metro cuadrado. Por eso, en cierta manera, te sientes un poco pequeño porque, hasta que no demostrabas que tocas bien, eras un cretino. El nivel de competitividad era agresivo a saco. Además, en aquella época sufrí un racismo que estaba muy en boga entre negros y blancos, que también me afectó de alguna manera. Me sentí pequeño y blanco. Pero bueno, la verdad es que es espectacular poder ver a grandes y excepcionales músicos en vivo”.
El jazz es su día a día, la fuerza que lo impulsa y lo mantiene despierto y en constante actividad creativa. Para Sambeat, el sentimiento de libertad que lo invade cuando habla a través de su saxo alto lo lleva a recorrer un mundo de psicodelia de color amarillo manchado de rayas negras que da vueltas y jamás se detiene
Duda y no sabe cómo definir su música. Se frota la mejilla mientras lo piensa y empieza a intentar explicarlo sin estar muy seguro de que sea así: “qué difícil. ¿Cómo la definiría? Pues no sé, es jazz, está clarísimo. Es complicado decirlo, yo creo que toco jazz contemporáneo y que lo alimento con otros estilos quizá menos intelectuales. Siempre he intentado hacer una feliz combinación dentro de las posibilidades como solista. Cierto matiz intelectual combinado con un cierto lirismo ingenuo”. En cambio, tiene clarísimo que sus influencias más directas son los grandes saxos tenores y lo explica con rotundidad: “siempre he intentado adaptar el lenguaje de tenor al saxo alto porque creo que por aquel entonces estaba por delante estilísticamente. De hecho, cuando empecé sentía cierto rechazo hacia el estilo que habían desarrollado los altos contemporáneos que provenían claramente del bebop parkeriano. Quedarte como saxofonista alto tocando como Parker para mí era anacrónico. No fue hasta hace unos años que empecé a reconocer un poco el lenguaje del alto y a intentar incluirlo en mi forma de tocar”.
El jazz es su día a día, la fuerza que lo impulsa y lo mantiene despierto y en constante actividad creativa. Para Sambeat, el sentimiento de libertad que lo invade cuando habla a través de su saxo alto lo lleva a recorrer un mundo de psicodelia de color amarillo manchado de rayas negras que da vueltas y jamás se detiene. Suspira al intentar describirlo: “es la música de la improvisación, la interacción, la reacción en el momento, los reflejos. Es una música viva, que cada noche sale de manera distinta. Condiciona un lenguaje que va más allá de las fronteras porque puedes tocar con músicos que no has visto jamás y que se produzca algo muy mágico”.
No obstante, esta magia es perceptible sólo por unos pocos. Y es que, desgraciadamente, el jazz parece dormir en las nubes de la intelectualidad, alejado de la mediocridad de la mente de los demás mortales. Pero esto no es más que una etiqueta dañina que lo cerca y no lo deja expandirse para colarse en nuestra cotidianeidad a través de la radio o la televisión, como pasa con otros estilos de música: “constato que el jazz tiene algo de cultura de élite, pero estoy en contra de esta filosofía. Se ha producido una intelectualización de esta música. Yo abogo por la energía y capacidad expresiva que tiene el jazz igual que la pueda tener el rock o el pop. Pero la verdad es que, tristemente, mucho del jazz que se hace cae en el exceso del intelectualismo que lo hace un pelín aburrido. Es una afirmación que realizo un poco triste y que entra en contradicción con mi manera de ver la vida y la música”.
A pesar de esto, el saxofonista valenciano considera que el jazz en la actualidad goza de buena salud y que ha conseguido romper las fronteras que lo concentraban en los focos estadounidenses hasta mediados del s.XX. Por este motivo ya puede hablarse de una globalización del jazz: “ahora está por todo el globo terráqueo esto lleva a que no haya figuras como Miles Davis, Monk o Coltrane. Muchos críticos dicen que el jazz ha muerto porque no existen estos iconos. Yo creo que sí que existen, pero son más volátiles porque todo está mucho más disperso”.
Uno de estos iconos es, sin duda, su amigo y compañero, el pianista, Brad Meldhau con quien ha grabado cuatro discos: “es uno de los músicos más grandes que conozco. Y la verdad es que es un placer grabar con él porque a le importa la música y eso está por encima de cualquier ego y otra tontería. Es humilde y tiene mucho respeto a la música. Es muy grande en todos los aspectos”.
Perico Sambeat es una mente inquieta, siempre con algún proyecto entre manos, siempre en contacto con otros ritmos de los que enriquecer su música. Uno de los trabajos de los que se siente más orgulloso es de su Flamenco Big Band con la que ha rodado por toda España y parte de Europa. Y se muestra decepcionado y sorprendido por no haber tenido la oportunidad de presentarlo en su ciudad, Valencia, aunque se lo toma con humor: “¡es increíble, la bomba! El apoyo institucional y mediático al jazz es prácticamente nulo, pero en esta ciudad creo que es exagerado”. Pero no puede dejar de lamentar esta situación: “puede ser una música minoritaria, pero el clásico también lo es y fíjate en la diferencia de presupuesto que se destina en el Palau de les Arts al clásico, y al jazz, que es cero”. De este modo, Sambeat se ve incapacitado para desarrollar un proyecto de Big Band estable que planificó para Valencia, algo que lleva funcionando durante muchos años en otros países como Francia, Alemania e, incluso, Portugal. Sambeat desarrolló este proyecto bajo encargo de Helga Smith, Intendente del Palau de Les arts, y Concha Gomez, Secretaria Autonómica y, una vez finalizada su planificación, lo comunicó pero no ha obtenido ningún tipo de respuesta: “lo peor no es que el proyecto no haya cuajado, sino que no se hayan dignado a comunicarme ningún tipo de negativa, y que en el Palau de Les Arts no atiendan al teléfono o al mail. Ni por educación”.
En febrero, lanzó su nuevo disco, Baladas (Nuba Records/ContraBaix, 2011), en el que lo acompañan el contrabajista Javier Colina, el pianista Bernardo Sassetti y el batería Borja Barrueta. Aquí se mezclan estándares de jazz, música hispana y composiciones originales con la huella Sambeat. Y, dentro de poco, saldrá un proyecto hispano-húngaro con el que hará una gira de presentación por Europa. Aunque parezca una locura grabar un disco con los tiempos que corren, el saxo alto dice que está complicado pero que hay que adaptarse y apañarse como sea: “tenemos que abaratar costes, por eso grabamos en una tarde. Pero creo que el músico de jazz se adapta muchísimo mejor porque vivimos básicamente del directo”. Así, ya tiene claro que grabará otro disco en cuarteto el próximo noviembre: “aún no sé bien con quién pero ya tengo mucho material. Y voy teniendo también para otro disco de Big Band aunque no será flamenco”. Y es que, este hombre si frena el ritmo se aburre.
De esta forma, no es de extrañar que le sigan cayendo premios. El último fue el Jazzterrasman del Festival de Jazz de Terrassa 2011 del que, con alegría patente en sus ojos, asegura encontrarse muy satisfecho y contento. Y todavía alucina al hablar del Bird Award que recibió en el North Sea Festival (2003): “ese fue un premio maravilloso. Fue fantástico, una emoción grandísima. Me sentí super reconfortado. Ver que pensaban que merecía ese reconocimiento me parecía increíble”.
La vocecilla de Perico Sambeat se entrecorta con su risa al comentar anécdotas y poner sobre la mesa recuerdos vívidos y palpitantes. Con este grande de pies en el suelo, se respira sencillez, desde la camiseta de un festival de jazz con la que viste hasta la forma cercana y amable de expresarse. Medita y dice que es incapaz de destacar un momento sobre el escenario porque no existe: “el 80% han sido gloriosos. Tengo la suerte de que siempre que estoy en un escenario me lo paso muy bien, con músicos tremendos. Es brutal, son experiencias místicas cada vez”.
Así, desprendiendo buena energía y tranquilidad se despide, incapaz de pedir deseos porque ya vive el suyo desde hace mucho tiempo: “soy una persona muy feliz, vivo de mi música que es lo que más me gusta hacer y si sigo así muchos años pues… sí, ese es un buen deseo”. Y por suerte, dicen, la felicidad es contagiosa.
Com si es tractara d'una història cíclica que es repetira cada huit anys, Alberto Fabra va consolidar el seu poder en el XIII Congrés Regional del PP valencià exterminant de l'aparell del partit qualsevol presència de figures afins al seu predecessor o que no li rendisquen homenatge. Camps, a diferència de Zaplana, no va assistir a la seua liquidació, i tampoc cap figura del PP estatal.
Una denúncia d’EUPV en Les Corts va fer saltar a la llum pública les enquestes que el Consell de Presidència fa al seu web. Un instrument que quasi ningú coneixia, però que en les darreres dues setmanes han desfermat una autèntica lluita simbòlica entre partidaris i detractors del govern valencià.
L'equip valencià ha tingut en els últims anys tots els vímets per a fer coses importants en l'ACB, però arriba el play-off i sembla que les cames tremolen. A Sant Sebastià, i després d'anar dominant tot el partit, va tornar a aparéixer el fantasma de les eliminatòries, eixes que l'equip només a superat una vegada de 15.