Desde hace unos días vivo postrado en un diván a causa de una lumbociática provocada por una hernia discal que, aunque me la diagnosticaron hace muchos años, llevaba más de tres lustros sin molestarme. Una lesión de ese tipo te convierte en un inválido, una persona que necesita de forma permanente ayuda para hacer cualquier movimiento, que procura no mover ningún músculo de su cuerpo para no sentir dolor. Porque lo peor es el dolor. Una especie de martillo que te golpea la espalda cada vez que adoptas una mala postura, te mueves de forma incorrecta o haces un gesto que implica actividad dorsal. El dolor sólo lo calman inyecciones que, cuando entra el líquido entre tus músculos, duelen más que la espalda. De manera que vivo instalado en el dolor desde hace días, con mejorías poco apreciables. Tumbado en un diván con una almohadilla eléctrica apretando la zona afectada, vi el sábado el Getafe-Valencia, dispuesto a sufrir, como es habitual en los partidos del Valencia, pero con un umbral de sufrimiento bastante superior al del resto de los humanos. Ya he dicho alguna vez en estas páginas virtuales que el dolor es inherente a la condición de valencianista y el placer, un hecho aislado, pero, en esta ocasión, el dolor era algo más que una disposición mental: era un tema físico. En esas condiciones, no me dolió ver durante la primera parte un equipo tan insulso como el Valencia. Comprobar que, con el sistema defensivo y los zagueros que tenemos, no se puede llegar muy lejos, que el equipo sigue falto de un jugador que ordene y mande en el centro del campo, y que los delanteros viven en islas como los tipos absurdos esos del anuncio de Mahou. Quizás porque, de tanto ver a ese equipo, uno se va acostumbrando al dolor, como me pasa con la espalda: que el día en que me duele menos estoy mucho más contento porque pienso que, en algún momento del pasado, ha sido peor. |