Durante mi niñez y adolescencia el València CF apenas pisó los campos de Europa. Más allá de algún amistoso de campanillas y de esporádicas participaciones en la UEFA, siempre con final amargo (Oporto, Nápoles, Karlsruher), los ochenta y los noventa fueron años de resignación para un club con pedigrí en las competiciones continentales. Y es que las paradas de Pereira en la Recopa de 1980 y el gol de Morena ante el Nottingham Forest no quedaban tan lejos. Un poco más allá, en la brumosa frontera con el fútbol en blanco y negro, resplandecían los sonoros triunfos en las Copas de Ferias de 1962 y 1963, antecedente de lo que más tarde se convertiría en la Copa de la UEFA.
Volver al ruedo europeo siempre fue una aspiración para los dirigentes del València, conscientes de que el crecimiento económico y deportivo del club pasaba por convertirse en un habitual de estas competiciones. Esta premisa fue adoptada como esencial tras la reforma de la Copa de Europa y su transformación en la Liga de Campeones. El nuevo torneo permitiría a sus participantes embolsarse importantes cantidades económicas por el mero hecho de clasificarse entre los cuatro primeros en la respectiva liga estatal. Era un caramelo, en definitiva, demasiado apetitoso para no ser saboreado.
De la mano de Héctor Cúper, los blanquinegros sorprendieron a propios y extraños y se colaron en dos finales consecutivas, en las que (¡ay!) tropezaron de nuevo con el infortunio. Pero el prestigio había sido recuperado con creces
El València, con un brevísimo pasado en la vieja Copa de Europa en 1971, aterrizó en la nueva Liga de Campeones en 1999, tras una excelente temporada previa en la que Claudio Ranieri sentó las bases del mejor València de la historia. De la mano de Héctor Cúper, los blanquinegros sorprendieron a propios y extraños y se colaron en dos finales consecutivas, en las que (¡ay!) tropezaron de nuevo con el infortunio. Pero el prestigio había sido recuperado con creces. El club de Mestalla volvía a ser respetado y temido más allá de los Pirineos y pisaba fuerte en Europa, como demostró embolsándose, en un año sin Champions, su primer título de la nueva UEFA Cup y una nueva Supercopa en 2004.
La obsesión por volver a formar parte de la élite futbolística europea, que tiene su máximo exponente en la participación en la Liga de Campeones, persigue al València desde entonces. El club de Mestalla ha alternado buenas participaciones con sonoros fracasos y años en blanco. La Europa League, refugio tras la caída del nido, es vista más como un castigo que como un premio de consolación. Pero a veces esta competición es la única tabla de salvación a la que agarrarse para poder volver a ilusionar a la parroquia. Como este año. Esta tarde el València, eliminado en la ronda previa de la Champions, retoma ante el Stoke City, el histórico club de sir Stanley Matthews, la senda europea con un único objetivo: alcanzar, de nuevo, los laureles europeos el 9 de mayo en Bucarest.
Com si es tractara d'una història cíclica que es repetira cada huit anys, Alberto Fabra va consolidar el seu poder en el XIII Congrés Regional del PP valencià exterminant de l'aparell del partit qualsevol presència de figures afins al seu predecessor o que no li rendisquen homenatge. Camps, a diferència de Zaplana, no va assistir a la seua liquidació, i tampoc cap figura del PP estatal.
Una denúncia d’EUPV en Les Corts va fer saltar a la llum pública les enquestes que el Consell de Presidència fa al seu web. Un instrument que quasi ningú coneixia, però que en les darreres dues setmanes han desfermat una autèntica lluita simbòlica entre partidaris i detractors del govern valencià.
L'equip valencià ha tingut en els últims anys tots els vímets per a fer coses importants en l'ACB, però arriba el play-off i sembla que les cames tremolen. A Sant Sebastià, i després d'anar dominant tot el partit, va tornar a aparéixer el fantasma de les eliminatòries, eixes que l'equip només a superat una vegada de 15.