Recuerdo pocos finales de liga emocionantes en los últimos años. Y, cuando hablo de emoción no me refiero a jugarnos la entrada en la Intertoto, sino a poder ganar una liga o librarnos del descenso. Las ligas se ganaron algunas jornadas antes de acabar el campeonato, por lo que el único final vibrante de los últimos años tendría que ser el que nos sirvió en una copa con mucho hielo Ronald Koeman. Un final de liga de los de hace 25 años, cuando nuestros objetivos eran los mismos que los que tiene ahora el Getafe. Pero no es así. Hubo un tiempo en el que meterse en la Liga de Campeones no era tan fácil y la historia nos regaló tres finales de liga maravillosos: el que nos llevó a debutar en la Champions, con la inestimable colaboración de Solari en Balaídos, el que nos hizo repetir presencia días antes de la decepción de Saint Denis, y el más creativo y también el más triste, el que inventó el término “rivaldazo”.
El Valencia alcanzó ayer ese objetivo, otrora heroico, de la manera más simple y práctica que le he visto en mucho tiempo. Quizás este Valencia no esté preparado para las emociones fuertes, como lo ha demostrado en toda esa ristra de eliminatorias perdidas de manera estúpida, y tira de su oficio para llegar al final con un colchón que le asegure cierta tranquilidad. Quizás es que estamos asistiendo a eso que se llama “fin de ciclo”. Unai Emery, un excelente técnico pero un pésimo pedagogo para con sus jugadores, ha inculcado un carácter al Valencia que ha dejado de hacerle gracia a la grada, mucho más motivada cuando percibe que los suyos sólo pierden por contubernios arbitrales o decidida mala pata. La afición del Valencia siempre ha venerado a los equipos imprevisibles y el grupo que ha construido Emery ha hecho de la previsibilidad su bandera: todo el mundo sabe que jamás ganara ni un torneo de eliminatorias, ni un partido en el Bernabeu, por su falta de actitud, término muy de moda en estos días. Y la falta de actitud es la señal de alarma de que algo ha de cambiar.
Llamadlo ambición, llamadlo locura. Pero miré a mi alrededor y me pareció que la mayoría de la gente que medio pobló Mestalla el sábado tenía en la cabeza el mismo pensamiento que yo
Por lo general, los fines de ciclo son tristes porque el aficionado valencianista tiene una obsesiva tendencia a sacar todo lo que ha callado durante el año en los partidos de la basura y eso, inevitablemente, acaba por perjudicar al equipo. Pasó cuando se fue Espárrago, del que la gente olvidó su responsabilidad como armador de una nave con un naufragio muy cercano, y cuando lo hizo Cúper, a quien nadie agradeció que pusiera el nombre del Valencia en boca de todo el planeta futbolístico. En el caso del argentino, la presión de la grada sobre los jugadores, tras el drama de Milán, terminó por conducir a un equipo que tenía a tiro un puesto en la Champions a jugársela a cara o cruz en el Camp Nou. Entonces nació el “rivaldazo”.
El sábado tuve durante todo el partido contra la Real Sociedad viví una extraña sensación. Por una parte, pensé que, echando la vista atrás, era un lujo que nos clasificáramos para la Champions a falta de tres jornadas. Por otro, sentí que todo aquello no era suficiente, que el Valencia podría estar capacitado, si quisiera, para aspirar a algo más que a ser tercero y morir en las orillas en la Copa y la Champions. Llamadlo ambición, llamadlo locura. Pero miré a mi alrededor y me pareció que la mayoría de la gente que medio pobló Mestalla el sábado tenía en la cabeza el mismo pensamiento que yo.
Com si es tractara d'una història cíclica que es repetira cada huit anys, Alberto Fabra va consolidar el seu poder en el XIII Congrés Regional del PP valencià exterminant de l'aparell del partit qualsevol presència de figures afins al seu predecessor o que no li rendisquen homenatge. Camps, a diferència de Zaplana, no va assistir a la seua liquidació, i tampoc cap figura del PP estatal.
Una denúncia d’EUPV en Les Corts va fer saltar a la llum pública les enquestes que el Consell de Presidència fa al seu web. Un instrument que quasi ningú coneixia, però que en les darreres dues setmanes han desfermat una autèntica lluita simbòlica entre partidaris i detractors del govern valencià.
L'equip valencià ha tingut en els últims anys tots els vímets per a fer coses importants en l'ACB, però arriba el play-off i sembla que les cames tremolen. A Sant Sebastià, i després d'anar dominant tot el partit, va tornar a aparéixer el fantasma de les eliminatòries, eixes que l'equip només a superat una vegada de 15.