El fútbol no sería lo mismo sin el debate apasionado en torno a determinados jugadores. O, mejor aún, cuando la afición se divide entre partidarios de dos futbolistas de un mismo club. Es algo muy taurino. En el cap i casal ocurre desde los mismos orígenes del fútbol. Entonces los xotos se reconocían montistas o cubellistas según la devoción hacia sus dos figuras de los años 20. Es el ejemplo más antiguo de algo que siempre ha existido.
Por lo que llevo visto en mis años en Orriols, pocos futbolistas han tenido el respeto unánime y absoluto de la grada. Sergio Ballesteros puede que sea único. Por lo demás, todos los llamados a liderar a los granotes se han encontrado en alguna ocasión —justificada o no— con un sector malencarado de la afición. Latorre sufrió broncas muy graves alguna temporada en los duros años 80. A Quini, aquel delantero genial y perezoso, le sacaban los pañuelos en las tardes magistrales y le ponían de perro hacia arriba en los días de frustración de los primeros años 90; a Fede Marín unos le alababan su entrega mientras otros le afeaban sus publicitadas correrías fuera del campo. ¿Qué decir de Ettien? Generaba tanto entusiasmo como largos (o cortos) eran sus eslalons imposibles, que, para qué engañarnos, solían terminar con un gruñido de exasperación general. El listado, en realidad, es interminable.
El debate más serio que existe en relación al equipo en estos momentos —y que ya se prolonga varias temporadas— gira en torno a Vicent Iborra. El elemento fundamental en el centro del campo granota ve cómo su titularidad o su verdadero potencial son puestos en cuestión por parte de la afición. Si la memoria no me falla debe de ser el único granota que ha recibido gestos de desaprobación en este ciclo de éxitos del club. A poco que yerra, los murmullos son una constante. |