Ojalá haya que empezar a acostumbrarse, al menos una vez al año, a dar ese largo paseo que separa Mestalla del Ciutat de València. A cruzar Blasco Ibáñez, Benimaclet y Orriols para llegar al estadio del rival ciudadano. Ojalá los levantinistas también se acostumbren a hacer el trayecto inverso. Sería señal de que Valencia es, por fin, una ciudad con rivalidad futbolística. No soy de los que piensan que el poderío de un club se calibra desde la soledad. Los grandes equipos necesitan su opositor. El Madrid necesita del Barcelona para existir, y viceversa. Y, a su vez, el Barça necesita del Espanyol y el Madrid del Atlético, como contrapunto a la peligrosa tentación del pensamiento único dentro de su hábitat natural. Nadie es grande si no tiene enemigos, cerca y lejos. El Valencia ha vivido durante buena parte de la historia instalado en la soledad del dominante. Nunca ha tenido, más allá de su lejana rivalidad con los dos grandes del fútbol español, una competencia directa entre los equipos de su entorno. Sólo en los setenta, cuando Castellón y Elche transitaron por la época dorada de su historia, vio cómo, aunque fuera tímidamente, su supermacía en la Comunidad (lo que antes se llamaba región) estaba amenazada. También el Hércules en esa misma década se postuló como débil amenaza, pero el paso de los años y el peso de la historia acabaron por encumbrar a unos y diluir a la fugaz competencia. Luego, ya recientemente, llegó el Villarreal, único de los clubes valencianos que ha podido discutir el reinado del Valencia con resultados. Pero el valencianismo alberga en su interior el sentimiento de que el conjunto de La Plana es un castillo construido con arena, que, en el momento en el que su propietario deje de cuidarlo, caerá por su propio peso. |