Durante once años, un mes y un día viví en un pueblo de L'Horta Sud de cuyo nombre no quiero acordarme. Por lo general, acudía a Mestalla en moto, el único medio de transporte que sé conducir, pero los días que llovía recurría al metro para desplazarme a ver el Valencia. El metro es un medio de transporte fascinante, pues revela la personalidad de cada ciudad. A mí, el metro de Madrid me produce tristeza, lleno de rostros cansados por el trabajo diario y los largos desplazamientos. El de París, por el contrario, me da buen rollo, con esa mezcla racial, cultural y social que puebla sus vagones. El de Valencia es un metro incompleto, mucho más útil para quienes viven en el área metropolitana que para los que intentan sobrevivir en el centro de la capital, y por ello mi sentimiento hacia él es incompleto: hay días que me genera desasosiego y hay otros en que me produce alegría. Pese a lo engorroso del trayecto, me gustaba mucho ir y volver en metro a Mestalla. Era una forma de vivir de cerca algo que me ha cautivado tanto o más como la propia liturgia de un partido: el antes y el después. El tren de la ilusión iba recogiendo aficionados en las diferentes localidades de L'Horta y barrios del sur de Valencia hasta formar una unidad de opinión ante la que yo atendía expectante. En el metro podía saber a la perfección cuál era el grado de esperanza de la afición ante el encuentro que iba a ver. El simple sondeo ferroviario era indicativo de lo que luego sería la respuesta de la grada. La vuelta era mucho más interesante. Los días que el Valencia ganaba se percibía una especie de clima de hermandad y camaradería entre los apretujados usuarios de los Ferrocarrils de la Generalitat. Los que perdía, un horrible silencio recorría los vagones, como si el único sonido posible ante una decepción fuera el que genera el tren. Los regresos después de una derrota eran terribles, mucho más por las caras que veía en el metro que por el hecho de haber dejado escapar tres puntos. |