El optimismo tiene fama de reaccionario, por escapista, y el pesimismo de progresista al ser crítico y poner en guardia a la gente sobre males que pueden crecer y acogotarnos. En líneas generales son merecidos tanto el desprestigio del optimismo, con frecuencia tontorrón y apolítico, como el buen cartel del pesimismo, más analítico y perspicaz. Pero hay otra forma de ver las cosas, y no sólo porque Gramsci recomendase cultivar “el optimismo de la voluntad” frente al “pesimismo de la razón”. El pesimismo tiende a ser paralizante, aboca a la depresión y, además, no es del todo infalible, mientras que el optimismo extrae de las gentes una energía y capacidad creativa de la que no siempre son conscientes. No sabemos con claridad todo lo que realmente sabemos. “El ser humano es mucho más complicado que su pensamiento”, dijo Paul Valery. Uno se pone a escribir su columna semanal, tiene la mente casi en blanco, anota tres o cuatro palabras en el ordenador, y, ¡plaf!, se produce a menudo, tras ese inicio desmayado, una asociación de ideas –que surgen casi automáticamente- a partir de las cuales serías capaz de escribir no una, sino cinco columnas con algo de sustancia. |