De crío recuerdo una grada de Orriols renegona. Más que exigir la excelencia, aquello era la expresión de una frustración acumulada sobre el cemento: el poso de interminables domingos de disgustos y cabezas gachas. Un gruñido tras cada pase fallado, tras cada ocasión que terminaba en las nubes. El temor a nunca salir de aquella espiral de mediocridad. Años 70, 80 y 90. Ya saben. Había quien se lo tomaba con una sonrisa estoica; otros torcieron el gesto para siempre. Aún se les puede identificar en el estadio, esperando a que se cumpla el inevitable mal augurio. Deben de ser los que silban cada error de Vicent Iborra, el único jugador imprescindible hoy por hoy en el medio campo y el más cuestionado por su afición.
Los últimos cuatro años, sin embargo, han amputado ese automatismo crítico de la hinchada. Y es maravilloso porque la realidad es que ni club ni equipo ni entrenadores han dado un argumento para la bronca. El Llevant ha sido previsible por una vez y como consecuencia lógica vive sus mejores momentos. Además, la afición ha asumido su rol como parte de este milagro coral que es el ciclo que arrancó en 2008 y que sigue creciendo cada día. Fe ciega, apoyo incondicional y respaldo a unos jugadores que cumplen su parte del trato. |