Una sociedad democrática que merezca tal nombre exige una policía formada y con criterio. Aquí las cosas van por otro camino pues a medida que contemplo operaciones policiales callejeras se me revuelven las tripas. Todos los días de fiesta se repite la misma escena en los alrededores de los mercadillos callejeros. Hace pocos días la policía local organizó una redada contra los llamados manteros, llamados así, no porque vendan mantas sino porque venden chucherías sobre un mantel extendido en el suelo. Son pobres inmigrantes subsaharianos que viven hacinados en pisos patera pagando alquileres astronómicos sin rechistar. Llevan el miedo en los ojos porque son conscientes de ser carne de cañón. Como siempre, la ley ataca a la parte más débil de la cadena y mientras mafiosos orientales que tienen a sus empleados en restaurantes o peluquerías en condiciones de semiesclavitud, se pasean impunes con sus cochazos por la ciudad, los pobres y desarrapados sufren persecución tenaz. La política es esta: se trata de limpiar las calles de lo desagradable. Tratar de que no se vea la pobreza como si este mundo fuera Jauja.
Como siempre, la ley ataca a la parte más débil de la cadena y mientras mafiosos orientales que tienen a sus empleados en restaurantes o peluquerías en condiciones de semiesclavitud, se pasean impunes con sus cochazos por la ciudad, los pobres y desarrapados sufren persecución tenaz
La redada en cuestión sucedió en un mercadillo del centro de la ciudad. Los policías organizaron una operación de cerco y captura de los vendedores ambulantes africanos que fue tan espectacular como una película de gángsters. Rodearon a los vendedores y estos comenzaron a poner los pies en polvorosa, sin embargo, la fuerza pública no se arredró y comenzó una persecución por las callejas del casco antiguo. Un policía echó a correr tras uno de los manteros con la intención de echarle el guante, pero el chaval corría como un gamo. El policía llegó a alcanzarlo pero sin poder atraparlo y ante la rabia que le produjo esa impotencia cuando llegó a su altura le soltó un sopapo en toda la cara que dejó al otro viendo estrellas, y con todo logró escapar.
No me consta que se detuviera a nadie al final de la operación pero aquello fue una escena que se asemeja mucho a esas películas mudas americanas de los años 30 llamadas cops en las que los policías persiguen a Charlot o a Keaton por tierra mar y aire. Luego de estas persecuciones y líos todo vuelve a su cauce. Cuando la ley ha abandonado el campo de batalla los africanos regresan a sus puestos de trabajo y siguen como si nada. Es un problema irresoluble que se repite día a día y tiene difícil solución.
Otra secuencia surrealista: madrugada de un viernes a las puertas de una discoteca muy de moda. Hay dos chicas, quizás un poco achispadas que chillan sin parar ante un pelotón entero de policías locales que ha llegado para calmar los ánimos. El operativo es surrealista porque uno no se explica la razón de que no menos de quince agentes rodeen a las dos mujeres como si estas fueran el mismísimo diablo. Es una desmesura. “Se conoce que no tienen mucho que hacer” masculla un vecino que contempla la escena desde el balcón. En otra noche de luna torva y fría la redada esta vez sucede en la plaza del Tossal; la poli se lleva esposado a un africano y cuando alguien pregunta qué pasa, el policía le ordena que se aleje, que ese no es asunto suyo. Puede que la bisoñez de las nuevas hornadas de agentes que continuamente se incorporan al servicio sea la causa de esos operativos que a la postre resultan inútiles.
Es una política que impulsa la idea de que el ciudadano vea mucha policía en la calle para sentirse seguro pero eso sucede de día, pues cuando llega la noche parece como si la fuerza hubiese desaparecido de la ciudad. Hace nada un señor vio desde su casa a un vagabundo echado en el suelo como muerto. Llamó al 091 y pasados unos minutos le llaman a la puerta y es la policía que de malos modos le pide su identificación. El ciudadano monta en cólera y exige sus derechos pues, les dice, ustedes no pueden venir aquí a pedirme la papela por el mero hecho de que haya hecho una llamada de ayuda humanitaria a un indigente. Y así siguen las cosas. Esta sociedad complicada y atormentada por la crisis necesita unas fuerzas del orden a la altura de las circunstancias, por el momento lo que se hace es improvisar.
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