Hace justo un año la hinchada de Orriols era la encarnación del entusiasmo. El equipo marchaba colista con 15 puntos, enlazando derrotas sin mesura y con la segunda división como destino inevitable. Sin embargo, allí andaba la resistencia, conspirando con el sueño de la permanencia, más organizada que nunca, ideando cadenas humanas y rugiendo en cada ataque, como si cada granota supiese que lo que estaba por venir iba a ser una gesta coral.
Resulta curioso pero los levantinos andamos más decaídos ahora que hace doce meses. No conozco a nadie que hoy por hoy no encuentre una excusa para el runrún: la venta de Nano, el evidente bajón físico del equipo, la endeblez y la inseguridad en los desplazamientos, la falta de convicción que transmiten la plantilla y cuerpo técnico, los planteamientos menos férreos de Juan Ignacio...
Como de costumbre, me encuentro entre los pesimistas. Y no creo que esta vez sea el ADN cenizo sino que existen razones fundadas. Sin duda, las expectativas que ha generado la prodigiosa primera vuelta del equipo condicionan el ambiente de estos días. Lo normal, por mucho que nos duela, es que se vayan perdiendo posiciones conforme avance la competición. Dependerá de su determinación, no obstante, que la caída sea brusca, que haya una aterrizaje suave hacia la zona templada de la clasificación o que consigamos aferrarnos a los puestos europeos. En cualquier caso, terminar la temporada como noveno clasificado, por ejemplo, no sabría tan bien como la permanencia alcanzada en la penúltima jornada del año pasado. Las expectativas, insisto. |