TRIBUNA OBERTA
La batalla del Mediterráneo. Sobre las revueltas en el mundo árabe y la intervención militar en Libia
Jónatham F. Moriche
04 abril 2011
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“Es muy fácil hablar de Derechos Humanos desde el Café de Flore o el Teatro Zenith” (ambos lugares, referentes históricos de la actividad creativa y solidaria de la izquierda francesa), espetaba Nicolás Sarkozy entre altivo y malhumorado a quienes, en diciembre de 2007, le afeaban la cálida acogida dispensada en París al dictador libio Muammar el-Gadafi. “Gadafi ha cambiado y quiere participar de la actividad de la comunidad internacional”, aseguraba la ministra gala de Exteriores, Michele Alliot-Marie, que explicaba cómo el encuentro allanaba el camino para una “amplia cooperación” en temas como la lucha contra el terrorismo o el control de la inmigración ilegal.

Como casi siempre en materia de relaciones internacionales, la nuda contabilidad aclara lo que la retórica florida y el liberal agasajo enturbian: Gadafi firmaba en su visita a París contratos por 10.000 millones de euros con grandes corporaciones francesas (Vinci, Areva, Gas de Francia, Veolia, MBDA...), incluyendo la adquisición de ingentes arsenales (aviones de combate, baterías de misiles, sistemas de teledirección...), y encauzaba las negociaciones para la instalación en Libia de una central nuclear de fabricación francesa. A cambio de una paternal e imprecisa solicitud de “progresos en el camino de los derechos humanos”, Francia se convertía en proveedor armamentístico y socio comercial privilegiado de Libia.

Sarkozy no fue el único líder europeo en enterrar las objeciones humanitarias bajo la pesada alfombra de la conveniencia comercial. Tras el levantamiento de las sanciones contra Libia en 2003, después de un largo periodo de ostracismo de la comunidad internacional, los productores europeos se han repartido sin remordimientos la jugosa tarta del rearme del régimen de Gadafi: entre 2005 y 2009, los Estados de la UE exportaron a Libia 835 millones de euros en armas (Italia, 280 millones; Francia, 210 millones; Reino Unido, 120 millones; Alemania, 83 millones; España, 11 millones...). De Nicolás Sarkozy a José Luís Rodríguez Zapatero pasando por Silvio Berlusconi, no le han faltado al déspota libio anfitriones y huéspedes ilustres que estrechasen calurosamente su mano a la sombra de su jaima, y que bendijesen el abastecimiento bélico -y en algunos casos, el adiestramiento a las fuerzas militares y policiales del régimen-, como complemento, de evidente significado político, a las multimillonarias inversiones en energía e infraestructuras.

De Nicolás Sarkozy a José Luís Rodríguez Zapatero pasando por Silvio Berlusconi, no le han faltado al déspota libio anfitriones y huéspedes ilustres que estrechasen calurosamente su mano a la sombra de su jaima

Tan sólo tres años y tres meses después de recibir a Gadafi en París, un Nicolás Sarkozy enardecido en bélicos furores encabeza la coalición internacional que lleva dos semanas asediando y bombardeando Libia en nombre de los Derechos Humanos, al amparo de la confusísima resolución 1.973 del Consejo de Seguridad de la ONU, pero bajo mandato militar de la OTAN. ¿Qué ha sucedido entretanto para justificar tamaña mudanza de afectos y pareceres?

El 17 de diciembre de 2010, el vendedor callejero de 26 años Mohammed Bouazizi se inmolaba ante el ayuntamiento de la pequeña localidad tunecina de Sidi Bouzid. Un gesto trágico que, a medio camino entre la catástrofe y el milagro, desencadenó una reacción en cadena de protestas populares que han ido estallando una tras otra en Túnez, Argelia, Yemen, Marruecos, Egipto, Siria, Iraq o Bahrein, en un proceso de vertiginosa propagación que está conmocionando, todavía en un sentido absolutamente incierto, los pilares del tablero político y económico planetario.

En el caso de Libia, el desencadenante inmediato de las protestas fue la detención del abogado Fathi Terbil (representante de las familias de muchos de los más de 1.200 presos asesinados por las fuerzas de seguridad libias en el presidio de Abu Salim en 1996, caso reiteradamente denunciado por organizaciones de derechos humanos como Amnistía Internacional, pero cuyo esclarecimiento no ha exigido ninguna de las potencias occidentales que han comerciado con el coronel Gadafi). El 15 de febrero, comenzaron a chisporrotear las muestras de descontento con el régimen, que fueron violentamente reprimidas por Gadafi.

Pero la violencia de Gadafi, aún excepcional en su intensidad, no era en absoluto una novedad: los muertos se cuentan por centenares en muchos de los países árabes que han vivido o están viviendo estas protestas. Aunque en esos otros casos la respuesta de quienes hoy se erigen en paladines de la libertad en Libia haya sido muy distinta: como botón de muestra, baste recordar cómo la misma ministra francesa Alliot-Marie visitaba Túnez, ya con las protestas en la calle, para atender sus negocios privados en el país (volando en el jet de un multimillonario afín al clan del dictador Ben Alí), y ofrecía al déspota tunecino un envío urgente de material antidisturbios para reprimirlas.

Son interminables las cábalas sobre este abrupto viraje en la respuesta francesa a los sucesos del mundo árabe. ¿Históricos afanes colonialistas franceses sobre el continente africano? ¿Apuesta de París por equilibrar, por la vía de las armas, la hegemonía económica alemana en el seno de la UE? ¿Hazañas bélicas para elevar la talla de estadista de Sarkozy ante perspectivas electorales adversas y bajo la sombra de sonados casos de corrupción y abuso de poder? Seguramente, todos estos y algunos otros motivos a la vez, y ninguno siquiera colindante con el humanitarismo, la filantropía o el amor por la libertad.

¿Y ahora qué puede suceder? Si nadie acertó a prever los alzamientos árabes, nadie debería ser tan atrevido como para pronosticar sus resultados. De momento, Túnez y Egipto afrontan transiciones políticas largas y complejas, de resultado incierto pero, al menos por ahora, afortunadamente pacíficas (tras haber pagado con cientos de muertos sus victorias en el primer tiempo de su lucha contra sus regímenes autoritarios); Bahrein, Siria o Yemen siguen con las calles ensangrentadas, acumulando tensión y escorándose hacia desenlaces tendencialmente cada vez más extremos, y Libia se halla en medio de una guerra abierta cuya evolución es, en estos momentos absolutamente imprevisible.

Que la intervención militar extranjera ha impedido una matanza atroz en los territorios rebeldes es un hecho difícilmente discutible, ateniéndonos a los hechos consumados y las declaraciones de intención del propio Gadafi. Que dentro de cinco años las fosas comunes de la intervención extranjera pueden dejar pequeñas a las que hubiera causado la represión del tirano no resulta, a la vista de los antecedentes pretéritos e inmediatos, una hipótesis improbable. Si los intereses y las estrategias (esto es, la vileza y la ineptitud) de Occidente en Libia siguen la estela de lo acaecido en el África negra y Oriente Medio -y ninguna evidencia sólida nos hace a día de hoy pensar lo contrario-, el país puede encontrase a las puertas de un matadero interminable y, al cabo, de la completa desintegración y devastación. Con la significativa novedad de que una “somalización” de Libia (un Estado fallido, fraccionado, gobernado por señores de la guerra y azotado por la violencia sectaria), frente a frente con la Europa mediterránea, introduciría una variable decisiva en el proceso en curso de confrontación entre las democracias europeas y la emergente dictadura de los mercados. En plena crisis económica y bajo la amenaza del desmantelamiento de las conquistas sociales y políticas de los últimos 200 años, un conflicto cuasi-fronterizo prolongado sería una bendición para el gran capitalismo europeo: las naciones en guerra son en general menos exigentes con sus gobernantes en términos de derechos políticos y sociales.

Lo que George W. Bush hizo con Iraq en 2003 puede estar haciéndolo ahora Nicolás Sarkozy en Libia (en comandita con un Barack Obama que parece más bien arrastrado que voluntarioso en esta nueva empresa bélica -aunque, obviamente, no por ello menos responsables de sus consecuencias-, y con el miserable concurso de la práctica totalidad de la clase política europea, David Cameron y José Luís Rodríguez Zapatero en primera línea de palanganeros): emprender una guerra colonial contra un antiguo aliado despótico para (además de saquear recursos naturales y animar el mercado de armamentos) apartar la mirada ciudadana de un proceso de destrucción desde dentro de las instituciones democráticas en la metrópoli. La voluntad de construir una Libia democrática y soberana es cosa de los libios que están protestando y combatiendo en las calles y las arenas de Libia (y probablemente, tampoco de todos ellos en idéntica medida), no de quienes la bombardean desde el aire. Ni las aspiraciones de libertad, dignidad y justicia de las sociedades árabes, ni las de las sociedades europeas, están en la agenda del Consejo de Administración de la Europa neoliberal.

El debate sobre si es oportuna o no la intervención militar es inevitable, pero inútil por tardío: las bombas de la OTAN ya estallan sobre Libia. La cuestión que realmente debemos enfrentar ahora los europeos es cómo y por qué hemos tolerado, y seguimos tolerando, a esta casta política y empresarial avariciosa e hipócrita que, con las manos empapadas de sangre, primero arma y enriquece a tiranías depravadas, y luego no encuentra mejor modo de desalojar a sus protegidos y borrar sus huellas del lugar del crimen que bombardear sus países y masacrar a sus súbditos. Ninguna decisión de los europeos resultaría tan verdadera y eficazmente humanitaria, para con nosotros mismos y para con nuestros vecinos, como pasar por la quilla cuanto antes a la despreciable horda de matarifes, forajidos y pusilánimes que nos malgobiernan, y poner otras voces, otros discursos y otros principios al timón de nuestras instituciones democráticas.

Més articles de Jónatham F. Moriche en http://jfmoriche.blogspot.com

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