Ya está. Francisco Camps es un cadáver político. Y a otra cosa. Tantas veces nos lo han dicho que hasta he acabado leyéndolo en los textos de varios periodistas que admiro. La historia, dicen incluso algunos sin inmutarse, no podía tener otro final que la absolución por el jurado popular, pues al fin y al cabo es una pequeña representación de la ciudadanía. Y al final, "ya sabes como son los valencianos, como los negros que votan al Ku Klux Klan".
Francisco Camps podrá ser un cadáver, pero en cualquier caso no está mucho más muerto que el resto de los valencianos, aunque eso no lo dice nadie
¿Pero es eso cierto? Francisco Camps podrá ser un cadáver, pero en cualquier caso no está mucho más muerto que el resto de los valencianos, aunque eso no lo dice nadie. Claro, ya saben cómo es la prensa española. ¿Que no? Pues yo se lo cuento. Como la política estatal administrada en Madrid de la que es fiel reflejo, no tiene ni puñetera idea de lo que pasa más allá de la M-40. De lo de Cataluña (en realidad Barcelona) y Euskadi habla de oídas, pero del resto, ni idea. Y de la Comunitat Valenciana, menos. Y digo menos porque esto ya se podría cuando lo único que se decía en los grandes medios estatales era que Camps era el delfín de Rajoy, al que apuntalaban para molestar a Esperanza Aguirre. En Madrid, ya saben, tienen mucho ojo: Zaplana era un gran gestor hasta que aterrizó en el Paseo de la Castellana.
Así, pese a que la podredumbre regurgitaba entre los cimientos erigidos sobre una costa enladrillada, nadie hacía ni caso. No liemos a la gente y desmontemos el mito: los vagos y tramposos son los andaluces, los catalanes, avariciosos, y los valencianos, los alegres. ¿Que la que están armando allí a golpe de talonario no tiene ni pies ni cabeza? Bueno, pues ya se apañarán. Y así, ante la pasividad propia y ajena, la mugre creció tanto que primero pareció engullir al propio capitán. Entonces sí hablaron de Camps, también de oídas y sin profundizar mucho —todo se podía explicar con lo de "ya sabes como son los valencianos"—, y siguieron hasta que se pudo cobrar la pieza. Pero ahí se acabó el interés y la preocupación.
Camps fue a juicio y a los dos días era una noticia de fondo. Se hizo tan poco caso que hasta una sentencia absolutoria tan escandalosa que en cualquier otro lado habría sido noticia en sí misma, fue pasada por alto. ¿Qué más dará que además de irregularidades en la esfera política, pueda haberlas en la de la justicia? Al fin y al cabo, para la prensa española y la clase política a la que refleja, la pieza ya estaba cobrada. Y así lo dicen: "Francisco Camps es un cadáver político". Pero podría no serlo. ¿Por qué no podría ser que Camps resucitara? ¿No sería tan factible como la sentencia que le ha absuelto, gestada mientras todos miraban hacia otro lado? ¿No ha muerto toda la autonomía —o se encuentra en estado comatoso— tras años de evidente saqueo en los que, los que ahora dan a Camps por muerto decían de él que era el líder del ala moderna del PP y hasta le compraban su patraña del "eje de la prosperidad"? Caminamos como muertos vivientes en manos de sus herederos, que aún no han renegado de su legado ni limpiado la administración de sus testaferros, pero él ya "es un cadáver político", así que en Madrid están tranquilos. Es consuelo de tontos, pero todo el mundo sabe lo que pasa si no se amputa un miembro gangrenado. Casi muertos, seguimos esperando.
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