El inminente Congreso Federal del PSOE ha avivado el debate sobre el modelo organizativo del partido y su modo de dirigirse a la sociedad, que es también el debate sobre cómo elegir a los líderes y cuadros y a los representantes en las instituciones.
El debate afecta, en realidad a toda la izquierda, aunque la extrema debilidad en que las elecciones pusieron a los socialistas lo han colocado en el centro, como nunca antes había ocurrido. Ha sido tal la pérdida de poder institucional y el “achique de espacios”, que la mirada “hacia dentro” ha devenido urgente y necesaria.
Quienes esperaban la típica feroz resistencia del aparato a los cambios democratizadores se habrán llevado una sorpresa: el peso público de los argumentos a favor de cambios profundos hacia la transparencia y la participación (primarias, elección directa, etc.), supera ampliamente al de aquellos que, temiendo esa clase de aperturas, prefieren cargar las culpas de la derrota únicamente en la crisis. Suelen estos últimos esgrimir algunos tópicos, del tipo de “nuestro adversario es el PP”, “no es el momento”, o “hay que dejarse de discusiones que no interesan a nadie”, pero parece que, esta vez, no logran cerrar el debate.
El autismo, la dificultad para escuchar lo que ocurre fuera, instaura un estilo de militancia alérgico a la crítica, basado en el silencio y la autocensura, donde el/la militante acaba por dejar de pensar aquello que no puede decir
Y es que en los Congresos toca hablar del partido. Del partido y de su relación con la sociedad, y eso implica identificar, analizar y combatir aquello que se hacía mal. El catedrático Vargas-Machuca, diputado y dirigente socialista durante un buen número de años, achaca esas disfunciones que urge superar sin demora al modelo de organización basado en el sistema de patronazgo. Este modelo articula el par patrón-clientes, mediante un intercambio, donde el patrón asegura el estatus del cliente político, a cambio de la adhesión de éste y los suyos al patrón. A este modelo interno corresponde, en lo externo, un tipo de relación partido-sociedad que tiende también a lo clientelar, con permuta de beneficios (siempre sustraídos a lo público) a cambio de votos y lealtades. Ésta es la conexión interno-externo que el congreso debe estudiar. ¿A qué, si no, debería dedicarse un congreso?
Bajo ese modelo de organización, el partido pierde la comunicación con los movimientos sociales y sus referentes ciudadanos y, consecuentemente, selecciona sus cuadros no en función de aquellos liderazgos, sino de estas clientelas. El autismo, la dificultad para escuchar lo que ocurre fuera, instaura un estilo de militancia alérgico a la crítica, basado en el silencio y la autocensura, donde el/la militante acaba por dejar de pensar aquello que no puede decir. Desmovilización y sangría de activistas, son consecuencias casi obligadas, así que las llamadas al trabajo militante o el “aquí no sobra nadie”, suenan al más desolador de los vacíos. En estas condiciones todo potencial innovador y toda voluntad reformista desembocan en una pura retórica.
En qué momento de la historia una minoría de “profesionales” comenzó a patrimonializar el bien colectivo de la participación y desvirtuó el derecho a elegir y ser elegido en condiciones de igualdad. En qué momento una red clientelar sustituyó a la militancia voluntaria en el centro de gravedad de la organización. Cuándo heredó el partido un puñado de “activistas remunerados” sin conexión con la sociedad civil. Cuando el conservadurismo organizativo, el inmovilismo y la intolerancia con el discrepante, se convirtieron en doctrina del jefe-patrón y toda su red de influencias. Para el “demos interno” que puebla tal partido, todo cambio supone un riesgo en su «renta de situación» y, por tanto, un programa de reformas e innovación política, sin duda demandado por nuevas realidades, tiene que ser descartado.
Quien eludió todo tipo de control interno, es probable que ahora se ponga de los nervios ante la sugerencia de establecer alguna clase de control externo, como el de las primarias abiertas a la ciudadanía. Eso de que puedan intervenir en la determinación de los liderazgos gentes que no pagan la cuota, debe parecerles una intromisión intolerable en el partido. Algunos ni siquiera asumieron, en su día, la elección del secretario general por los delegados en vez de la ejecutiva. Quien razona así no entendió qué es lo que la sociedad nos pedía y qué es lo que nos pide hoy. Lo que la gente detesta en los partidos es la opacidad y el secretismo.
El PSOE ya dio en el pasado muestras de entender ese mensaje, y se ha reinventado varias veces, pero hoy se le pide más: el ciudadano debería ser llamado a participar en las deliberaciones y a votar en unas primarias, para elegir a nuestros candidatos a las instituciones. Sólo la ceguera conservadora del patronazgo puede empeñarse en ignorar la presión ambiental en favor de una socialización política más plural, que desposea a las cúpulas de los partidos de algunas de sus atribuciones y optimice el sistema de controles internos y externos. Ese es hoy un imperativo de la democracia que los partidos no deberían eludir, pero para el socialismo es, además, una terapia urgente.
Després que les primeres mobilitzacions dels docents valencians no arribaren a la participació esperada, hui, a la vaga general de l’educació espanyola, s'espera tot el contrari. Tot apunta que milers de professors i estudiants valencians s’uniran a la mobilització contra les retallades del govern central.
Després de huit anys d'haver rebut la presidència de Bancaixa com a premi al seu fugaç pas per la presidència de la Generalitat, José Luis Olivas es va acomiadar ahir del càrrec deixant l'entitat en la ruïna i sense cap vinculació valenciana. En el seu discurs de comiat va demanar perdó, encara que sense matisar per què, i sembla que no va despertar tant d'entusiasme com uns altres.
València acull des d'ahir la segona edició de PhotOn, el festival internacional de Fotoperiodisme impulsat per un grup de fotoperiodistes valencians que, a més de reivindicar en ell el paper social del seu treball, han aconseguit demostrar com, fent les coses bé i no solament a colp de talonari, València pot albergar importants cites culturals.