Primero perjudicaron a miles de escolares, pero como al colegio de mis sobrinos no llegaron los barracones, me dio igual. Luego el abandono llegó a la Sanidad, pero afortunadamente en la familia gozamos de buena salud y nadie requirió operación urgente alguna. Después fueron a por los dependientes, y bla, bla, bla. Ya saben, les podía recitar un cuento mucho más largo que el de Niemöller con todos los colectivos a los que ha perjudicado la nefasta política del PP valenciano al frente del Consell en los últimos años y quedaría resultón, pero no serviría para explicar por qué nos pasa eso, por qué fastidian a unos, a otros, a todos, y los valencianos somos incapaces de rebelarnos colectivamente.
Por lo visto, la mayoría aún puede vivir tranquilamente en medio del drama que le rodea. ¿Ante este panorama cabe la pelea por cómo se llama la criatura?
El último ejemplo se da con los últimos recortes planteados por el Consell el pasado jueves ante la situación de ruina que presentan las arcas públicas tras 16 años de desgobierno y saqueo. Sí, a corto plazo podría decirse que esta vez han ido básicamente a por los funcionarios, pero ¿no se da cuenta la gente que con la medida no sólo pagan justos por pecadores (léase gente capacitada, trabajadora y sacrificada por un puñado de enchufados y chupópteros) sino que a largo plazo todos salimos perdiendo (empeora el servicio, un importante sector de trabajadores pierde poder adquisitivo y disminuye el consumo, se pierden puestos de trabajo, etc.)? ¿Cómo ante esa situación, sumada a todos los precedentes, los valencianos no reaccionan?
A mi parecer sólo caben dos explicaciones. La primera pasaría porque la mayor parte de la población valenciana fuera incapaz de entender, ignorara o pasara de atender todo lo que le rodea y que afecta a su existencia. Pero como esta hipótesis implicaría un altísimo y generalizado grado de estulticia que me resisto a admitir, sólo cabría otra explicación: que nos encontráramos ante una sociedad caracterizada por un individualismo extremo. De ese modo, los valencianos seríamos capaces de tolerar un alto grado de angustia ajena si el mal no nos afectara a nosotros; y hasta en ese caso, seríamos incapaces de reaccionar colectivamente hasta que viéramos que el mal está sumamente extendido. Eso explicaría tanto la pasividad pretérita ante el saqueo y la estafa evidentes, como también la actual, en la que, a pesar de los múltiples colectivos afectados por la nefasta gestión del gobierno autonómico y muchos ayuntamientos (que con sus impagos generan ruinas en pequeñas empresas y miles de dramas familiares), la población es incapaz de unirse para expulsar a los sinvergüenzas que nos desgobiernan.
Y es que por lo visto, la mayoría aún puede vivir tranquilamente en medio del drama que le rodea. ¿Ante este panorama cabe la pelea por cómo se llama la criatura? Llamar a este colectivo "País" es la utopía deseada, pero ahora mismo no mereceríamos llamarnos ni "comunidad", pues hasta una de vecinos mal avenida encuentra más solidaridades. Yo abogo por partir de la realidad, por una Reunión de Individualidades Valenciana. Como tal nos va.
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València acull des d'ahir la segona edició de PhotOn, el festival internacional de Fotoperiodisme impulsat per un grup de fotoperiodistes valencians que, a més de reivindicar en ell el paper social del seu treball, han aconseguit demostrar com, fent les coses bé i no solament a colp de talonari, València pot albergar importants cites culturals.