Lo curioso del asunto es que las respuestas debían ser razonadas y de las razones aducidas se extrae que los cinco votantes que concedieron la absolución basaron su decisión en la teoría de la conspiración planteada por Boix
El juez Climent abrió la sesión una vez se sentó el público que abarrotó la sala, entre los que se contaban familiares y amigos de Camps y Costa, simpatizantes del PP, y repudiados del poder tras la caída del líder (Belén Juste, Consuelo Císcar y Rafael Blasco, Trini Miró...), y de inmediato se procedió al único punto del día.
Todo fue una conspiración
El portavoz del jurado, con gesto serio, comenzó la lectura del resultado obtenido de las respuestas planteadas por el juez Climent y el cinco a cuatro que absolvería a los acusados con el resultado mínimo necesario se manifestó invariablemente en todas. Lo curioso del asunto es que las respuestas debían ser razonadas y de las razones aducidas se extrae que los cinco votantes que concedieron la absolución basaron su decisión en la teoría de la conspiración planteada por Boix.
Ni las grabaciones a los cabecillas de la trama evidenciando todo el operativo, o de estos con los acusados reclamando regalos o mostrando su agradecimiento por los mismos, ni los testimonios de las múltiples cajeras que aseguraron no haber cobrado ni haber visto a nadie cobrar a los acusados y sí que los cabecillas de Gürtel los compraban, ni las decenas de tickets mostrados y explicados hasta la extenuación por fiscalía y acusación popular fueron tomados en cuenta por los cinco miembros del jurado que absolvieron a Camps y Costa.
Pero sí en cambio apoyaron su voto en el testimonio de Isabel Jordán (que el primer día negó que fuera cierta la declaración que ella realizó y obra en una de las grabaciones del auto, de que ella pagara 30.000euros en vestidos a la trama), la declaración de Raquel Espejo (una empleada de una empresa de transportes que simplemente apuntó que no podía asegurar qué había en los paquetes que enviaba o si estos se dirigían a los acusados) y la declaración del chófer del presidente, que aseguró haber devuelto unos trajes, y del escolta que asegura que le prestó dinero para comprar unas prendas (aunque también reconoció que, al no entrar a la tienda con él, nunca vio que lo gastara).
Esto, unido al hecho de que los cinco jurados consideraron como "elementos de convicción" los testimonios de subordinados de Camps en la administración asegurando que el presidente "no tiene responsabilidad alguna sobre la contratación" en la Generalitat, que su relación con los miembros de la trama "era meramente comercial", y que la existencia de "regalos no ha quedado probada", remataba el resultado. Los cinco jurados que absolvieron a Camps y Costa no consideraron que no quedó demostrado que recibieran regalos (pues solo a una pregunta de 21 respondieron que al haber duda se inclinaron por la condición más favorable a los acusados), sino que les pareció quedar "probado" lo contrario. Mientras el portavoz leía la argumentación, los tres jurados que se sentaban a su lado en el banco (tres de los más jóvenes) bajaban la cabeza, quizás por ser tres de los cuatro que se opusieron a este razonamiento.
Leídas las respuestas, sólo quedaba escuchar el veredicto. Un estallido de júbilo siguió al parlamento de la absolución de Francisco Camps, lo que obligó a juez Climent a desalojar la sala. Tras la reanudación, continuó la lectura con la absolución de Costa —al que el ex presidente tendió la mano y dio una palmada de reconciliación, después de semanas de airearse en el juicio sus respectivas vergüenzas privadas—, acompañada desde la calle con gritos de "tongo, tongo". No se trataba de manifestantes inquietos por el futuro de los acusados, sino por el de Baltasar Garzón cuyas causas se siguen en Madrid. Sus gritos, si querían causar algún efecto, llegaron tarde.