"De alguna forma, trato de impactar en la vida de todos estos jóvenes que tienen todo el talento del mundo"
“Conozco pocas personas tan amantes de la música y del jazz como él. A pesar de no estar dedicado a ello profesionalmente, hace más por la música de lo que pueda imaginar apoyando con su aportación y entusiasmo. Además, ofrece la perspectiva de alguien que ha vivido la evolución de esta música durante los últimos veinticinco años. Miguel Mengual es un gran músico y una gran persona”, dice de él una de las más vivas garantías de la fuerza del jazz valenciano, el pianista Albert Sanz. A este pensamiento se une el saxofonista Javier Vercher en quien puede percibirse el respeto y agradecimiento hacia Miguel en sinceros gestos al alcance de lectura pública.
Del cómo ha llegado Mengual a este punto de reconocimiento podrían escribirse páginas y páginas llenas de duro trabajo, golpes de suerte, casualidades, más trabajo y más suerte. Este hombre guarda una historia de las que no tendrían éxito en el cine por superar los límites de la ficción. Él es la confirmación cercana del american dream o del way of life. Qué más da: no hay más que ver las chiribitas de sus ojos azules al recorrer la cronología de su memoria.
De Benimaclet a Massachusetts
Salió a los diecisiete de la banda de Benimaclet con su clarinete para caer en un pueblo de Massachusetts. Y ahora dirige junto con su mujer Maria Elena —de mirada despierta viviendo en la sonrisa del siempre— Spanish Publishing Group, una de las empresas más importantes de traducción de libros de texto en EEUU. Un periplo que, con el tiempo, permite ver el trayecto desencadenado con un extravagante efecto dominó.
“La diferencia de nivel entre la gente del Conservatorio de Valencia y la de allí era brutal. Yo llegué y me saqué la primera plaza para la orquesta del Estado, y la banda del distrito. Tenía la idea de tocar para conseguir becas y poder quedarme. Que me becaran para ir a la universidad, esa era mi excusa para no volver aquí”, explica Miguel. Y tal cual, directo a las pruebas de Berklee: “para mí era un sueño total. Pensaba ‘voy a ver qué pasa, a ver si me hacen caso’… Me presenté con el clarinete y, como era un instrumento relativamente exótico, me dieron media beca”. Ríe al recordar lo que dijo en casa para que aceptaran que se quedara allí: “yo estudié Ingeniería de sonido y Música para Imágenes, por eso a mis padres les pude contar la película de que me iba a ser ingeniero a EEUU. Así les pareció bien. Pero lo que hacía yo era música, tocar veinticuatro horas al día”.
Ya es domingo en Ruzafa. Jam en el Mercedes. Sigue con su historia pero alguno de sus chicos se sube para marcarse un solo. Él pide permiso para levantarse a escucharlo. Sin problemas. Esta vez era Joan Vicens, después sería Víctor Jiménez. Vuelve y dice lo bien que lo están haciendo, lo mucho que progresan. Y también pendiente de quien no está, echa en falta a Borja Baixauli. “Nos hemos hecho muy amiguetes por Facebook, y voy siguiendo su progresión. Son buenos”, explica encantado. La palabra que más remarca es talento, el que hay en Valencia tratándose de ‘pitos’ y la necesidad de darle salida.
Con los grandes
Se sienta en el sofá, complaciente, con el lujo que son los recuerdos gratificantes y empieza a hablar de la vida en, como él dice, Berkleelandia. Miguel disfrutó de esa estación de eclosión de música y garra en compañía de los grandes nombres de hoy. Tiene anécdotas de todos los tamaños y colores. Algunas para todos y otras sólo para confidentes. La emoción al revivir esos capítulos no le deja apoyarse en el respaldo. Mueve las manos, inquieto, como cuando un mago saca metros y metros de pañuelo de una chistera: “viví con Jorge Rossy. Aquello era surrealista, el tío tenía veintiséis años y le habían dado una beca para venirse a Berklee, pero tocando la trompeta, y él era el mejor batería que había en España. Lo llamaban para tocar la batería todo el día. El piso era superpequeñito y Jorge Rossy puso la batería en el comedor de casa, allí llamaba a tocar a todo dios. Aquello era, vamos… una jam continua. Recuerdo el amplificador de Rosenwinkel en la puerta de mi habitación y yo no podía dormir. Eso era una locura. ¡Mark Turner y Chris Cheek han tocado en mi comedor mil veces!”.
Miguel ilustra las anécdotas divertido, habla y se comenta a sí mismo con gracia, así, sin remedio, capta tu atención para sumergirte en sus años 90: “yo estaba en clase de Armonía III con Chris Cheek, que no llegaba a los diecinueve años y ya estaba preparado para subirse al escenario de cualquier festival de jazz. Estos críos eran tan, tan, brillantes… En aquella época nadie sabía quiénes eran pero tenían tanto nivel que era muy intimidante. Y ahora se han convertido en las estrellas que son. Era gente muy extraordinaria. Maduraban a una velocidad insólita”.
Sigue contando cómo era vivir con Rossy y esas improvisadas jam session de salón, consciente de su valor: “yo había estudiado clásico, pero a mí me apasionaba el jazz. No puedes imaginarte lo deprimente que es en el mundo de la música estar viviendo con Jorge Rossy y que te traiga al cuarto a estos. Entonces tú dices… me dedico al parchís. Era tan deprimente como entusiástico”. Y es que el oído de Miguel era muy consciente de lo que en aquel cuarto detonaba sin mesura: es propietario de un, dicen, prodigioso oído musical. “Miguel Mengual podría ser un excelente otorrino”, afirma con certera ironía, y la guasa que lo caracteriza, su queridísimo amigo, y mano derecha, Jesús Santandreu.
Este es otro vínculo que entiende de convivencia y cosas de casa porque también fueron compañeros de piso en Boston. La sonrisa de Mengual se vuelve tunante al recordar aquella etapa: “Santandreu me marcó un montón. Apareció por allí a finales de los noventa, venía tocando el alto… Era ‘el xiquet’, el geniecillo de la tierra. Yo le comía el coco para que cambiara, le dije que se dejara el alto y que cogiera el tenor. ¡Él era el emblema del alto! Teníamos mucha sintonía. Estábamos creciendo un montón, escuchábamos música juntos…. Un día le dije ‘tío, ¿no te das cuenta de que lo que de verdad mola es el tenor?’ Y él al cabo de unos meses lo colgó”. Miguel toma un sorbo de la copa mientras busca en el disco duro de su prolífica memoria para continuar. “Estábamos transcribiendo todo el día. Juntos transcribíamos a Bergonzi. Y te juro que era así”, se sienta en el borde del sillón y se prepara para gesticular como si la mesa estuviera llena de papel pentagramado, “uno se dedicaba a transcribir y le pasaba el papel al otro para que se estudiara el solo en el cuarto. Y cuando se cansaba volvía y cambiábamos”.
Quien también estaba por allí en aquella época era Joshua Redman: “era lo más que había visto yo en mi vida, el talento más precoz. La cosa más bestial que he visto. Te aseguro que si le preguntas a la gente que estaba en Berklee por aquella época te dirá lo mismo. Estudiaba sociología con una beca completa en Harvard, ¡imagínate! Y se venía a las jams a Berklee a tocar porque tenía talento para la música. Y voló la peluca a todo el mundo. Tanto es así que intimidaba incluso a los profesores porque lo llamaban para bolos muy importantes”. Cuenta que él grabó la primera composición de Redman en uno de los estudios de Berklee: “como yo estaba estudiando ingeniero de sonido nos daban tiempo para grabar. Y para ellos poderse grabar y escuchar en aquella época era un privilegio. Todavía lo recuerdo agradecidísimo de que yo le grabara el primer tema que compuso. Y quién me iba a mí a decir que veinte años después Joshua sería Joshua…. Vino a grabarla al estudio con Jorge y Mercedes Rossy...”. Se entiende, entonces, por qué Miguel mira con tanto cariño el enorme cuadro con la fotografía de Mercedes que abriga la sala cada noche.
La cercanía que se forjó en Berklee es la misma hoy, porque nada se ha perdido con el tiempo, y Jorge Rossy no puede contenerse al escoger palabras para Miguel: “es una de las personas más inteligentes y generosas que he conocido en mi vida, un musicazo de los que vive y disfruta de la música con más intensidad y pureza que muchos profesionales. Para mí Miguel es un gran ejemplo de como cada uno puede relacionarse con la música a su manera. Algunos necesitan subirse a un escenario para compartir lo que sienten, o demostrar lo que saben. Él ha encontrado otras muchas formas de compartir experiencias musicales, por eso es además de un gran amigo, una fuente de inspiración”.
Más señas y muestras de ser imán de la suerte. Empieza el turno del golpe de fortuna gracias a su amistad con Arabel von Karajan, hija del aclamado director de la Filarmónica de Berlín, Herbert von Karajan: “yo ya había vuelto a Madrid y un día a las cuatro de la mañana me suena el teléfono. ‘Miguel , acabo de componer un tema y quiero que vengas a Boston y que grabes el tema con el saxo barítono’. Y yo alucinando… ‘¡si no tengo saxo barítono!’. ‘¿Qué no tienes saxo barítono? ¿Cuánto vale un saxo barítono? Ahora mismo te mando el dinero’. Y a los tres días me llega un cheque por correo para ir a comprar el saxo. Me lo compré y me fui a Boston a grabar el tema de Arabel”. Pero la verdadera lotería llegó después de ese viaje: “yo le había dado clases de auditivo durante algún tiempo y cuando estuve esos días me pidió que volviera a enseñarle. Yo vivía ya en Madrid y no tenía manera de volver. Me preguntó qué pasaría si ella me diera una beca para ir a Boston. En un principio dije que no podía aceptarlo, pero luego pensé ‘¿por qué no?’. A los tres días de estar en Madrid me llegó un cheque. Es la manera de cambiarle a alguien la vida. Recuerdo el día que abrí el correo en Madrid y vi ese cheque… ‘Cojo mis maletas y me largo. Voy a aprovecharlo sí o sí. Que pase lo que dios quiera. Me voy’. Hice las maletas y me volví allí a vivir”.
Y así cumplió con su sueño de regresar a Boston para seguir respirando jazz: “estaba muy a gusto. La escena musical era bastante deprimente en Madrid por aquella época, me esperaba un futuro incierto”. Aunque todo siempre tiene un fin: “le daba clase todos los días pero al cabo de unos meses se cansó. Y, claro, se me acabó el dinero. Me planteé qué hacer… no tenía papeles, ni permiso para trabajar. Tenía dos opciones, volver a España o jugármela para tratar de quedarme”.
Nace el empresario... y el filántropo
Se la jugó, y tanto que se la jugó, con toda su cara dura y listín telefónico en mano fue llamando a todos los hospitales de Boston presentándose como traductor: “se me ocurrió conseguir curro interpretando para pacientes. Para que veas lo que significa la tierra de las oportunidades… un día estaba en casa y pensé ‘yo podría dedicarme a traducir en los hospitales, se me daría bien’. Me inventé un currículum medio cutre y empecé a llamar a los hospitales, a contarle a todo el mundo que soy intérprete. Al día siguiente estaba trabajando en Boston University Medical Center”. Ingenio, suerte, picardía, talento y unas condiciones contextuales perfectas por la explosión demográfica latina en EEUU: “tenía mucho trabajo de los hospitales, partes médicos, folletos informativos… así empecé a relacionarme con el mundo de las letras. Me saqué el título para ser también intérprete en los juzgados. Me sumergí en el mundo de la traducción y la interpretación”. De ahí a trabajar para una gran editorial estadounidense, Houghton Mifflin, en la que conoció a Maria Elena y ya juntos los dos a comenzar su propia aventura empresarial en una sopa de letras bilingüe.
Fue entonces cuando sintió la necesidad de seguir dándose a la música a su manera, de intentar devolver su suerte a otros: “yo me beneficié de un acto de bondad total y me transformó la vida. Así que yo de alguna forma trato de impactar en la vida de todos estos jóvenes que tienen todo el talento del mundo”. ¿Cómo? Rescatando saxos viejos para llevarlos a manos jóvenes: “he sido siempre un apasionado de estos instrumentos y con el dinero ganado con la empresa se dedicó a comprar saxos antiguos. Ebay empezaba y no había muchos músicos metidos, así los saxos de jazz de los años 40 y 50 eran baratos, la gente casi los regalaba. Yo me daba cuenta de que era una oportunidad. Empecé a comprar saxos, me hice con más de veinte. Y decidí ponerlos en un contenedor para enviarlos a Valencia y regalarlos a gente que tenga talento”.
El primero, un Conn de los años 40, fue directo a la comuna hippie de Portugal en la que vivía Wenzl McGowen, el líder de Moon Hooch, banda puntera en Nueva York a día de hoy. Por sus manos han pasado reliquias como un saxo que perteneció a Sonny Sttit y otros tantos a la espera de ser arreglados para empezar a dar voces. Sí, Miguel regala estos instrumentos, pero hay que demostrar que se les va a sacar partido:“mientras los toquen son suyos, si no, hay que pasarlos para seguir dándoles vida”.
Y no son sólo los saxos, Miguel también presta dinero a músicos que necesitan un adelanto para poder iniciar su gira o, directamente, se implica a todos los niveles, como con la joven y brillante saxofonista chilena Melissa Aldana, quien forma ya parte de su familia: “es gente muy brillante, gente de entre millones. No entiendo la precariedad del mundo del jazz e intento subsanarlo en la medida de lo que puedo. ¡Les tengo tanta admiración!”. Pero aquí no hay ningún tipo de mecenazgo lucrativo, todo es resultado de una contundente generosidad: “lo que yo saco es el aprecio de la gente. Como yo no he podido dedicarme a la música, tengo cierta pasión también y quiero hacer lo que pueda por ella. Mi satisfacción es el cariño de la gente del sector”. Y de esto no le falta, porque cuando preguntas por él entre los músicos todas las respuestas son como la de Perico Sambeat: “pero qué simpatiquísimo y qué grande es Miguel”.
Conexión Berklee
Lo ha aguantado, se ha contenido, aún viéndolos entrar y salir, sonar. Y es que los alumnos de Berklee Valencia andan ya por Mercedes. Pero Miguel no puede más y arranca orgulloso: “a Berklee le han salido novios en Nueva York, Los Angeles, Paris, Roma… Podría haber ido a cualquier parte del mundo. Pero se han dado cuenta del potencial y la cantidad de músicos por metro cuadrado que hay aquí”.
Con una buena panorámica temporal se le ve como inicio, como primer nexo entre Boston y Valencia. Dispar y cercano: “en Berklee había mucha gente componiendo y no tenían quién les tocara las piezas. Yo pensaba ‘pero, por favor ,si en Valencia lo que hay es exactamente lo contrario, tropecientasmil bandas y los repertorios son un muermo porque todos tocan lo mismo’. No tenían acceso a compositores vanguardistas que estuvieran haciendo cosas interesantes”. Hace veintitrés años que a Miguel se le ocurrió que no sería tan descabellado poner en contacto a dos señores que aparentemente nada tenían que ver: “pensé que sería interesante poner en contacto mi director en la banda de Benimaclet, Francisco Carreño, con el director de la banda de Berklee, Greg Fritze, que a día de hoy es el catedrático del departamento de composción. Y aquello fue como una historia de amor, a pesar de ser planetas totalmente distintos, como dos extraterrestres que no tienen nada que ver”. No deja de asombrarse al pensarlo: “yo era escéptico, no pensaba que iba a ser tan fructífero. Cuando le pasé partituras de Greg a Francisco las tocó en la banda y le encantó. El nexo fue la música porque no se entendían, el vínculo está descrito en lenguaje musical”.
Mengual disfruta al contar cómo se sorprendió Fritze al escuchar a Valencia: “vino un verano, y lo llevé a ver la banda de Buñol. Recuerdo la cara de Greg. El tío se quedó de piedra. ¡Yo era consciente de que estaba flipando. Se dio cuenta de que había un potencial brutal, y ahora, tantos años después, Berklee se viene a Valencia”. “Si me hubieran dicho en el año 89 que iba a pasar todo esto… ¡no me lo hubiera creído! Me siento muy orgulloso…”, confiesa Miguel sonriente y consciente de ser razón de esta catarsis.
Sí, ha tardado, pero Berklee Valencia ya ha abierto sus puertas con alumnos internacionales. Y en su plantilla de excelente profesorado cuentan con el pianista canario Polo Ortí, quien también forma parte de los días de Mengual en Boston: “a Miguel Mengual lo conocí en Boston, cruzando la calle enfrente de la escuela Berklee, y me contactó en el momento que yo acababa de llegar. Iniciamos una buena amistad y pude ver que es un gran amigo y gran músico, con un sonido precioso en el clarinete y un oído musical envidiable”. Ahora de nuevo se encuentran en Valencia.
Estas son las famosas vueltas, de las que da la Tierra y la vida, alejadas de todo cliché, y que derraman ilusión a la cotidianeidad de este pez de ciudad que es Miguel Mengual. El hombre que se queda de pie al fondo de la sala, apoyado en la escalera o en la barra, para escuchar jóvenes comienzos e intuir quién podrá despeinarlo en un futuro. Pero lo que no sabe es que el resto espera, impaciente, que llegue el día en el que sea él, por fin, el que coja un saxo de tantos y se suba al escenario decidido a volarles la peluca.